sábado, 16 de septiembre de 2017

El 1-O o el 1-0

             Pues sí, yo creo que es más bien un resultado, el uno a cero que los políticos independentistas catalanes les están metiendo al Gobierno de España, y no porque tengan razón en sus reivindicaciones, sino más bien porque las están haciendo de tal forma que, ocurra lo que ocurra el 1 de octubre, ellos saldrán ganando: o logran hacer el referéndum ilegal o el Gobierno de España actúa por una vez impidiéndolo, de tal forma que consiguen fabricar mártires para la causa y, así, la factoría de independentistas sigue aumentando su producción desaforada desde el año 2010.
            De aquí a dos semanas el tema de la independencia de Cataluña va a estar en portada diaria (puede que más) y llegará a hastiarnos, pero creo que es necesario que comprendamos cuál es el problema más acuciante que en la actualidad sufre España, que es su futuro posible desmembramiento, al menos de una Comunidad Autónoma, y las opiniones sobre su pertinencia.
            Yo ya he vertido la mía en más de una ocasión en este blog, y no es otra que la manipulación de la cuestión por los políticos catalanes, muchos de ellos que hasta hace bien poco no eran partidarios de la independencia pero que han visto su ventaja para ellos en particular y no desean dejar pasar la oportunidad. ¿Existe un arraigado sentimiento de independencia en el pueblo catalán? Ésa es la pregunta más importante y es muy difícil de dirimir, puesto que para conocer la respuesta habría que saber qué número de catalanes la desean y no hay otra forma que no sea haciendo un referéndum de independencia. Esto es de cajón, porque el número de los ciudadanos que deseen la independencia de un territorio es vital para la cuestión que nos ocupa. No es lo mismo que sea sólo uno el que la quiere a que sea su totalidad. Como cualquiera de esos dos resultados es imposible del todo, hay que poder varemarlo y ser consciente, también, de qué número sería el necesario para poder proclamar la independencia de un territorio: ¿Bastaría con el 50,01%? ¿Qué pasaría, entonces, con el 49,99% que no la querrían? ¿Se independizaría el territorio y saltaría después una guerra civil en él, como ocurrió en Bosnia?
            Es, por tanto, del todo necesario y concluyente la realización de un referéndum en el territorio en el cual exista un sentimiento de independencia. Ahora bien, siempre dentro de la legalidad, porque si no se hace con ella de la mano corremos el riesgo de realizar un referéndum sin garantías democráticas en el cual los partidarios de una de las dos opciones hagan sus «truquitos» para favorecer la suya, por lo que dejaría de ser un referéndum democrático para ser sólo una pantomima.
            Y sí, éste es el caso de lo que está ocurriendo en Cataluña, que se está convirtiendo en una absoluta pantomima que algunos quieren sacralizar por tan sólo colocarle el apellido de «democrático». Recuerdo al personal que durante cuarenta años existió un país en Europa que se llamaba República Democrática de Alemania, que era todo menos democrática, es decir, que poner el apellido no significa que lo sea.
            Para los que crean que los catalanes tienen derecho a hacer el referéndum tal y como lo están haciendo (que son muchos, tanto catalanes como no catalanes), simplemente porque es un ejercicio democrático, les niego la mayor, puesto que no lo están haciendo conforme a las leyes vigentes. Si no lo hacen conforme a las leyes de un país democrático, como es España, no puede ser un referéndum democrático, por mucho que le quieran colocar el apellido.
            Para los que sigan sin ver la veracidad de mis palabras, muchos porque siguen cegados con los mensajes de ciertos políticos, les pondré un ejemplo: «Cada uno de los españoles en posesión de un NIF debe pagarme la cantidad de 500 € en la próxima semana. ¿Cómo es es eso?, dirán algunos. Pues les explico que ayer decidí arrogarme la competencia de realizar referendos tal y como me dé la gana (exactamente igual que ha hecho el Parlamento de Cataluña), saltándome la ley vigente en este momento (exactamente igual que ha hecho el Parlamento de Cataluña). Después de apropiarme de tal competencia, planteé un referéndum democrático para por la tarde (exactamente igual que ha hecho el Parlamento de Cataluña), y decidí cuál era la pregunta a realizar (exactamente igual que ha hecho el Parlamento de Cataluña), que no es otra que la de “¿Cada uno de los españoles con NIF deberá abonarme la cantidad de 500 € en, como máximo, una semana?”. También decidí quién podría votar en el referéndum (exactamente igual que ha hecho el Parlamento de Cataluña), y decidí que sólo votaría yo. Coloqué la urna en mi casa y fui a votar. El resultado fue que hubo un 100% de votantes que participaron y hubo el mismo porcentaje, qué curioso, de votos que dijeron que “SÍ”. Ahora, como el resultado debe ser vinculante, porque así lo decidí (exactamente igual que ha hecho el Parlamento de Cataluña), cada uno de ustedes me debe 500 €».
            Pues bien, los que sigan opinando que los catalanes pueden hacer su referéndum tendrán, por fuerza, que darme la razón, porque no he hecho nada diferente a los políticos catalanes independentistas. Me podrán decir que no quieren pagármelos (que es lo mismo que el Gobierno de España va a hacer con respecto al referéndum de independencia catalán) o que yo no tengo derecho de hacer ese referéndum (ya, los catalanes tampoco). Podrán decir, quizá, que yo no soy un parlamento elegido por el pueblo, como sí lo es el Parlamento de Cataluña, y yo les contesto que en mi casa mando más (con permiso de mi mujer) que el Parlamento de Cataluña en España, y, si ellos se apropian del derecho a realizar referendos, yo también puedo hacerlo. Por último, podrán decir que cada uno de ellos hará otro referéndum de tal guisa por el cual me nieguen mis 500 €, y yo les contestaré que entonces lo que está ocurriendo en nuestro país es un sinsentido político que a nadie beneficia, excepto a los corruptos, porque se mira hacia otro lado.
            En fin, que este ejercicio sólo sirve para que nos demos cuenta del absurdo en el que hemos entrado y que hace falta seriedad para poder resolver el problema. La ley, como ya he comentado en otras ocasiones, es algo realizado por el hombre, por lo que es imperfecta. Ésa es una de sus cualidades, la otra, más importante aún, es que puede ser modificada según las necesidades del momento, siempre que cuente con una mayoría suficiente. Así, si vemos que la Constitución Española, coja desde su nacimiento, debe ser ampliada, modificada, suprimida... lo que queramos, puesto que somos soberanos (no sólo los catalanes, sino el conjunto de los españoles), pues hagámoslo y no creamos que dicho documento sea algo así como los Tres Monos Sabios, a los que yo sumaría un cuarto, el No Tocar.
            Por lo tanto, la solución es tan sencilla como imposible de acometer: votemos a políticos decentes (inviable, no los hay), que se reúnan para conseguir un consenso por el bien de todos los españoles (ja, ja, ja) y creen un borrador de una nueva Constitución que podamos sufragar todos los españoles con nuestro voto y que en ella se dé permiso a los territorios para poder desgajarse libremente del país, pero con garantías suficientes para todos y donde se deje claro, sin engaños (uy, vaya palabra), que el territorio que se independice dejará de gozar de las ventajas de pertenecer a un país como España, miembro de la Unión Europea. Donde se deje claro que el territorio independizado ya no volverá a ser parte de España cuando se hundan económicamente por el bloqueo comercial (no es una amenaza, pero las fronteras creadas harán que los aranceles encarezcan sus productos), la falta de inversiones y el paro galopante fruto de lo anterior.
            Así, sí.

            El Condotiero

lunes, 4 de septiembre de 2017

No, no somos una nación

             Es algo que cada vez tengo más claro, porque para serlo hay que sentirlo, por lo que tan sólo somos un Estado. Nada más que hay que poner las noticias, ya sea de la tarde o de la noche, para darse cuenta de esta verdad. Es una lástima, pero es lo que hay y, además, ya lo sabíamos.
            Se dice que De Gaulle comentó en una ocasión lo difícil que era gobernar un país, Francia, con trescientas clases de queso. En eso España no tiene nada que envidiar a Francia y sólo hay que acudir a la terraza de un bar para percatarse de que en una mesa cada uno de los clientes pedirá el café de forma diferente, mareando de paso al camarero, cosa que nos encanta hacer.
            Si he dado pie a este tema no es por otra cosa que por la vergüenza observada en Barcelona a raíz del atentado terrorista del pasado agosto. Han sido muchas la noticias que han salido a la luz después del ataque, algunas buenas y otras no tanto.
            La que más me ha llamado la atención ha sido la aparición de fotografías mostrando la manifestación antiterrorista que hubo en la ciudad condal. Como sabemos, Barcelona no ha sido la primera ciudad europea golpeada por el terrorismo yihadista y, por desgracia, no será la última. Como en todas las demás (París, Londres, Niza, etc.), la población, acompañada de autoridades, ha realizado una marcha con la intención de mostrar su repulsa por la matanza sin sentido, pero en el resto de ciudades se han realizado con gran uniformidad y luto, mientras que en Barcelona se organizó una especie de yincana a base de banderitas con estrellas, como si en esos momentos de dolor lo más importante fuera exhibir cuáles eran las ideas políticas de cada uno, en lugar de presentar un frente unido para combatir aquello por lo que se estaban manifestando.
            Pero no ha sido lo único sonrojante de las semanas posteriores al atentado. Quiero dejar una cosa clara aquí: los únicos culpables del atentado han sido los locos que se han inmolado. El resto puede haber tenido más o menos responsabilidad, de una forma o de otra, pero un atentado con suicidas es casi imposible de evitar, porque lo difícil de planear un atentado es salir de él con vida. Cuando ésta te importa un pimiento, puedes matar a quien sea.
            Así que es del todo lógico que se busque mejorar la seguridad para impedir futuros atentados (sin coartar más libertades, por favor), pero de ahí a meterse en una guerra entre Generalitat y Gobierno de España, o entre CNP y Mossos, me parece algo completamente fuera de lugar. Pero si ocurre ya sabemos por qué es: a ningún político (y no nos confundamos, los altos cargos policiales del Estado y autonómicos son también políticos) le importa una mier... los muertos y heridos resultantes del atentado de Las Ramblas; lo único que quieren es conseguir munición contra los demás, en su estúpida guerra de intereses creados.
            Pero esto ha sido lo último, no lo único. Cuando veo que los británicos (y muchos españoles) llevan la Union Jack con orgullo, que a los norteamericanos les falta un ay para colocar su bandera en cualquier sitio, o que a los franceses se les caen dos lagrimones cuando cantan ese himno guerrero y sangriento conocido como La Marsellesa, me da una enorme lástima compararlo con lo que ocurre aquí en España: llevar la bandera roja y gualda es una provocación, porque los independentistas y los ignorantes (algunas veces reunidos en un solo ser) creen que esa enseña diseñada en tiempos de Carlos III es algo franquista; o cuando muchos silban el himno nacional español, cosa que debiera ser delito. Se ríen porque carece de letra, como si eso fuera algo importante y no que sea uno de los himnos más antiguos del mundo, regalo de Federico II de Prusia a España, tratándose de una marcha militar.
            No, es una pena, pero en España no hay un sentimiento nacional fuera de eventos deportivos, y no para todos, porque aún recuerdo al tontolaba de José Carreras decir que le daba igual quién ganase un mundial, si Francia o España, porque Cataluña no participaba. En fin, podría dedicarse sólo a cantar opera y dejar de soltar patochadas.
            ¿La razón? La desconozco. Quizá nuestra propia idiosincrasia, moldeada por la multitud de pueblos que han pasado por la Península Ibérica, o tal vez esa Reconquista, que no fue tal y como nos la contaron en el colegio (que no, que Santiago Cierra España no acudía a las batallas a ayudar a los cristianos contra los infieles), que creó reinos diferentes que, aunque terminaron uniéndose (excepto Portugal), sí que habían mantenido a los antiguos habitantes romanos y visigodos el suficiente tiempo separados para poseer objetivos distintos los unos de los otros. Tal es así que en Francia, que era y es más grande, surgieron menos idiomas (francés, occitano y bretón) que en la Península Ibérica (gallego, portugués, astur-leonés, vasco, castellano, aragonés y catalán), signo evidente de que aquí cada uno iba (y va) a su p... bola.
            ¿Todo lo que he dicho legitima los independentismos que se están recrudeciendo en España? No, porque en un mundo cada vez más pequeño donde las asociaciones supranacionales toman cada vez más fuerza, me parece que es ir a contracorriente la atomización que algunos exigen. Si en realidad hubiera un sentimiento nacionalista intrínseco, lo llegaría a comprender, pero lo que me molesta es la manipulación constante que hacen los políticos nacionalistas para conseguir mejores resultados futuros: imposición de su lengua (en lugar de dar libertad absoluta de lenguas); educación histórica en los institutos basadas en flagrantes mentiras (en lugar de enseñar los hechos históricos tal y como ocurrieron y que después cada adulto busque su verdad); o mentiras constantes sobre la gobernabilidad de sus territorios en un hipotético país independiente, donde más o menos el maná caería del cielo como en la Biblia...
            Por este motivo, si yo pregunto, por ejemplo, a un catalán acerca de si quiere la independencia de su región y me dice que sí y, además, me lo razona en el sentido de que él no se siente español sino catalán y lo único que le importa es eso, pues lo respeto, porque por lo menos es coherente con sus ideas. Lo que no respeto y me molesta bastante son los que quieren la independencia de su región basándose en una historia falseada, en una hipotética doble nacionalidad que no va a ocurrir o en alguna otra mentira pergeñada y difundida por los políticos catalanes sedientos de poder.
            Y repito que al catalán que se sienta catalán lo respeto porque en un mundo socializado siempre es bueno pertenecer a un colectivo y, puesto que el nacionalismo español lastimosamente no existe, como ya digo, pues más vale sentirse catalán, o gallego, o vasco, o andaluz... Ya veríamos que ocurriría más adelante cuando un catalán no se sienta catalán, sino aranés... a ver dónde quedarían aquellas ideas de autodeterminación que exudan todos los poros de los hoy independentistas.
             En fin, que quizá tenga que venir el califato ese del DAESH para conquistarnos y unirnos a todos...

             El Condotiero

viernes, 18 de agosto de 2017

¡Qué risa! Contra el terrorismo, comentarios políticamente correctos

             Pues sí, algunos creen que es la mejor manera de detener la lacra del siglo XXI. Pero esto no es lo peor, esto es el tratar a quien no pone mensajitos en Twitter o Facebook tipo «Basta ya», «Todos somos tal ciudad» y cosas por el estilo, como un paria que no se adapta a los nuevos tiempos.
            Me parece absurda y lamentable la miopía galopante de nuestra sociedad. Ya no sé si es que estamos aletargados por la comida de mierda que nos venden o por las magníficas ofertas televisivas de canales como Netflix o HBO, pero el caso es que cada vez nos cuesta más darnos cuenta de la triste realidad.
            Yo hago lo que puedo intentando abrir los ojos a los que me leen, pero no tengo capacidad de llegar a mucha gente, puesto que no salgo en Tele5 ni en ninguna chirigota. De todas formas, mi mensaje es tan claro como peligroso, porque no me creo que la gente no sepa que lo que suelo escribir se acerca bastante a la verdad, lo que ocurre es que no es políticamente correcta y, entonces, hay que huir de estas ideas.
            No es la primera vez que escribo sobre el tema del terrorismo, por lo que el que me lea de forma habitual ya conoce mi forma de pensar. Se basa en un axioma irrebatible: estamos en guerra. ¿Quién contra quién?, preguntará algún ingenuo. Pues se trata de una guerra de civilizaciones donde se enfrentan las civilizaciones. No es de un país contra otro, ni de una coalición contra otra, es de una forma de ver la vida, tanto cultural como religiosamente, contra otra forma de ver la vida.
            Es así por mucho que a la masa no le guste. Otros dirán que no todos los musulmanes son terroristas. Aquí me defiendo:
            Primero porque yo no he dicho tal cosa, ni tampoco he comentado que sea la civilización musulmana la principal culpable de lo que está ocurriendo, ya que en una guerra no hay buenos ni malos, sólo vencedores y vencidos una vez que la guerra haya terminado, que no es el caso de ésta. Claro que aquí entra nuestra educación malencaminada que, desde la Guerra del Peloponeso hasta ahora, nos ha intentado inculcar qué bando es el bueno y cuál el malo en cada una de ellas. Como si alguna de ellas fuera la Guerra del Anillo o cosa parecida. A ver si ya nos enteramos de una vez que en las guerras no hay bandos buenos ni bandos malos, que cada uno defiende lo suyo contra el contrario, y hace lo que tiene que hacer para vencer la guerra.
            Segundo, porque en todas las guerras los soldados son una mínima parte de la población. En este caso en concreto, los yihadistas islamistas son menos aún que un ejército regular, además de que, supuestamente, no reciben el apoyo general de la población a la que creen que defienden con su guerra.
            Por lo demás, es una guerra al uso, porque ya el terrorismo lo inventaron hace muchos siglos, desde las destrucciones de asentamientos en el Neolítico.
           ¿Cómo se puede combatir? Esto es lo más difícil, pero no desde luego con mensajes políticamente correctos contra ellos, como si se fueran a achantar porque un cantante de éxito publique en su Twitter algo así como «Basta ya». Esto es tan inútil como los mensajes de apoyo de los políticos de turno, ya sean máximos mandatarios de sus países o no, que parecen futbolistas entrevistados después de un partido.
            La solución es tan sencilla como difícil de llevar a cabo. No es la primera vez que lo comento, porque no hay otra. Evidentemente, los políticamente correctos dirán que estoy equivocado, pero yo nunca he afirmado que esté de acuerdo con las medidas a realizar, sólo apunto cuál es el camino correcto para acabar esta guerra con las menos bajas posibles de occidentales (y digo acabar, que no ganar; porque si hacemos lo que digo serán ellos los que la ganen):
            1º.- Que cada civilización viva libremente y como desee en los territorios propios. Que sean ellos los que se gobiernen como quieran, sin imponerles nuestra forma de gobierno, y dejando que sean ellos los que gestionen sus recursos, sin meterles a la fuerza nuestras megacorporaciones empresariales para explotarlos a nuestro gusto.
            2º.- Una vez realizado el punto primero, separar por completo a las civilizaciones en su ámbito de influencia. Es muy bonita la idea de la tolerancia y la convivencia entre razas, culturas y religiones, sí, tan bonita como utópica. El ser humano, por mucho que nos disguste, no está capacitado para tal empatía, por lo que hay que separar las distintas formas de ver la vida. Siempre habrá exaltados que quieran que sus vecinos vivan la vida tal como lo hacen ellos. La forma de evitar esto es suprimir la convivencia entre culturas. Quizá alguno, después de lo que está ocurriendo, se dé cuenta de que lo que hicieron los RR.CC. (expulsión de los judíos) y Felipe III (expulsión de los moriscos) tenía su razón de ser, que no se trató de una medida tomada a tontas y a locas. No fue para evitar lo que pasaba, sino para evitar lo que pudiera llegar a pasar.
            Una vez realizado el segundo punto, ya no habría más problemas, porque el terrorismo sería algo autóctono, ya que no habría posibilidad alguna de golpear al de la civilización contigua, al tenerlo lejos.
            Claro que no soy un iluso y sé positivamente que esto es irrealizable. Es imposible del todo expulsar de sus hogares a millones de inmigrantes para enviarlos a sus países de origen. Pero una cosa es que sea irrealizable y otra estar continuamente haciendo lo contrario a lo que aquí digo. ¿Por qué tenemos que dar refugio en Europa a seis millones de refugiados sirios? Si los hubiéramos dejado en paz, que se gobernasen como quisieran y explotaran su propio petróleo, que no es que sea mucho, pero no sólo pueden vivir de vender espadas de Damasco, no tendríamos ahora que abrirles nuestras puertas, con todo lo que ello conlleva.
            Así, las acciones tienen consecuencias, y lo más importante es darnos cuenta de que la mayoría de las situaciones que estamos viviendo de pateras, refugiados políticos y terrorismo han sido creadas por nuestros gobiernos y nuestras empresas, por lo que no nos queda más remedio que apechugar y tragárnoslo.
            Para los fácilmente asustadizos, que sepan que sus conciencias seguirán tranquilas, puesto que nunca llegaremos al segundo punto que arriba he escrito, ya que para ello habría que completar el primero, y éste, como pueden imaginar, nunca será apoyado por los gobiernos y por las propias corporaciones empresariales.
            Entonces, ¿qué? Entonces no nos queda otra que amoldarnos a lo que hay, concienciándonos de una vez por todas de que estamos en una guerra de civilizaciones en la que la nuestra es tan culpable o más como nuestra antagonista, en este caso la civilización musulmana. Aunque no lo sepamos, somos cómplices de lo que está ocurriendo, porque todos deseamos vidas cómodas y baratas, donde podamos conseguir el móvil de última generación o la gasolina que queramos a un precio asequible. No nos levantamos contra nuestros gobiernos que destruyen países como Irak o Siria, ni hacemos boicots a las corporaciones que se hacen con los recursos de dichos países, quizá no vendiendo sus productos más baratos, pero sí quedándose con el mayor monto de la ganancia.
            Una vez concienciados de que estamos en guerra, hay muchas formas de verificar quién la está ganando. Aunque tal vez no sea la más correcta, siempre se han contabilizado los muertos por batalla para dilucidar quién la ha ganado. Así, en la batalla del año 2017 de la Guerra de Civilizaciones, hay que decir que vamos ganando por goleada. Los bajas occidentales por terrorismo no llegarán a trescientas, menos si sólo contabilizamos a los muertos. ¿Cuántos cientos de miles de bajas llevan los países musulmanes en lo que va de año? Si, además de a ellos, contamos a los caídos en la civilización africana, el número se dispara hasta los seis ceros.
            No nos equivoquemos, esto es así y así es como cuentan los números los grandes estrategas de las corporaciones que dominan la civilización occidental. Quizá los políticos de medio pelo no lo hagan, pero ellos están tan absortos en sus escasas miras que se dan tan poca cuenta de lo que ocurre como el resto de la sociedad.
            Ya es hora de que abramos los ojos: Occidente compró el paquete completo en África y Oriente Medio, esto es injerencia en sus gobiernos y apropiación de sus recursos de todo tipo, más avalancha de refugiados y terrorismo. No podemos pretender quedarnos con lo bueno y desechar lo malo. No, porque viene en conjunto. Si no queremos refugiados y terrorismo, dejémosles gobernarse como quieran y gestionar sus propios recursos.

            El Condotiero

martes, 15 de agosto de 2017

La excusa de la democracia

             Desde hace varios años ya, observamos que España es un país desgobernado. Si hay algo que de verdad funciona es el excusismo, esto es el lanzar excusas a diestro y siniestro para todo. No sé si estaremos programados para ello, o será cosa de la dieta mediterránea o ya está en nuestro ADN desde tiempo inmemorial, pero está claro que desde pequeñitos, cuando nos portábamos mal, poníamos cualquier tipo de excusa para que la culpa no recayera en nosotros mismos.
            De tal forma, los que nos gobiernan, que son españoles, por desgracia, tienen bien aprendida la lección, después de tantos años de práctica, y acuden constantemente a las excusas para librarse de sus responsabilidades: que si Europa nos obliga a esto, que si Europa nos impide aquello... Lo mejor, que ya lo he comentado, es lo de no legislar en caliente, para cuando se esté en frío, como nadie se acuerda, tampoco se legisla... En fin, las excusas son muchas y variadas y sólo he puesto unos pocos ejemplos, para no estar contándolas una a una.
            El caso es que en este verano está pegando fuerte el tema de lo del Prat... sí, aquello por lo que los viajeros se tiran horas y horas en el aeropuerto de Barcelona, perdiendo vuelos, por culpa de una huelga de los servicios de seguridad, que en su día fueron privatizados. Claro, la cuestión principal es que los trabajadores de la empresa Eulen se sienten maltratados y exigen unas condiciones dignas. Después de haber leído lo que piden, me parece del todo procedente su huelga, ya que considero que están poco menos que esclavizados, aunque no creo que mucho más que otros empleados de otras empresas: es el signo de lo neoliberal, es decir, millones de personas cobrando pocos euros, mientras que unas pocas personas cobran millones de euros.
            Pero, como siempre ocurre en España, los que defienden un derecho lo hacen pasando por encima del derecho de los demás. No tenemos empatía, por tanto sólo nos importa lo nuestro, y esto lo sabemos aquí en Cádiz de sobra, con los montones de cortes del Puente Carranza por parte de los trabajadores de Astilleros. No es sólo por cuestión laboral, sino en todos los ámbitos de la vida: el que golfea a las tres de la mañana debajo de un balcón defiende su derecho a divertirse, pasando por encima del derecho al descanso del vecino.
            Y esto lo digo porque los trabajadores de Eulen tienen derecho a huelga, por supuesto, pero también tienen derecho a viajar los pasajeros que pierden los vuelos por culpa de dicha huelga. ¿Cómo conciliar ambos derechos? Ahí es donde entra la figura del gobernante, que debería ser árbitro de la situación y defender el derecho de ambos, sin cortapisas ni excusas para gobernar o legislar. Ése es el auténtico rol del Gobierno de cualquier país, de árbitro entre los pobres y ricos, entre los hombres y las mujeres, entre los empresarios y los trabajadores, entre el pueblo y la administración, entre las víctimas y los culpables...
            Yo no veo tan complicado el obligar a la empresa Eulen a remediar su problema con los trabajadores, primero con un convenio decente y después con unos servicios mínimos que no afecten al resto de la población que desea coger un vuelo. Si para ello la empresa debe gastar una buena cantidad de pasta en pagar a otros profesionales que (aunque sea la Guardia Civil) realicen el trabajo, además de abonar una multa por cada día de huelga de los trabajadores originales, a la vez que se le prohíbe despedirlos, ya veríamos si el problema se solucionaría antes de que nos diésemos cuenta.
            Pero al igual que con esto, hay muchas otras cuestiones a resolver que no se llevan a cabo por la excusa de turno. El pueblo es más razonable de lo que se piensa. Haber exaltados e idiotas haylos, como siempre y en todo lugar, pero son los menos, aunque sean los que más ruido hacen y, por tanto, a los que más se escucha. De tal forma, creo que es posible llegar a acuerdos que satisfagan a todos, aflojando de cada lado para que todas las partes estén contentas.
            ¿Qué pasa con la multitud de casos de corrupción? La corrupción en nuestro país es una lacra por la cual algunos listos se embolsan millones pertenecientes a todos. Si no te pillan, te forras; si te pillan, no pasa nada: un par de añitos en la cárcel y cuando salga tengo mi dinero a buen recaudo.
            Yo llevo defendiendo un tipo de justicia anticorrupción que evitaría que ésta existiera. Se trata de que el corrupto culpable cumpla la pena impuesta por el juez pero que, una vez terminada, deba abonar hasta el último céntimo robado para salir de la cárcel. Mientras no lo devuelva TODO, no sale. Así de sencillo.
            ¿Por qué no se hace? Excusas: que si no es constitucional, que si no es democrático, que si es inhumano... ¿No será, más bien, que los que legislan son los mismos y los amiguitos de los que nos roban los millones?
           ¿Por qué no nos levantamos ya contra las injusticias que vemos a diario? Hay un chaval que está encarcelado porque defraudó ochenta euros con una tarjeta de crédito robada hace varios años, mientras que el Urdangarín, con la misma pena, está disfrutando de vacaciones con su familia. ¿Es esto justo?
           ¿Por qué no hacemos nada? Pues por lo mismo que los políticos: excusas. No nos vamos a levantar contra nuestro gobierno, que es una democracia. No voy a protestar porque estoy viendo ahora Juego de Tronos y a mí no me ha pasado, sino a mi vecino.
            Eso sí, cuando te pase a ti querrás que el mundo entero, y si pueden ser los alienígenas también, te apoyemos ante la injusticia que sufras. Somos así, no podemos evitarlo, como los de Delphi que jamás apoyaron las reivindicaciones de sus compañeros de Astilleros pero cuando les cerraron a ellos el chiringuito querían que todos, incluidos los de Astilleros, nos levantásemos en masa para parar lo que ellos creían que era una injusticia.
           Y esto es lo que nos espera, puesto que no tenemos empatía alguna y sólo nos miramos nuestro culo. Más de lo mismo, porque no obligamos a nuestros legisladores a que se dejen ya de excusas y se dediquen a hacer aquello por lo que cobran bien cobrado.

            El Condotiero.

jueves, 3 de agosto de 2017

Las cadenas invisibles que nos esclavizan

             Hay un subgénero literario que está tomando gran peso específico últimamente, que es el de los zombies. A muchos les hará gracia que se escriba tanto sobre algo que no existe, pero si nos damos una vuelta por la calle vemos que esto no es así: los zombies están por todas partes, rodeándonos.
             Por supuesto no hablo de zombies reales, sino figurados, y son todos aquellos que viven ajenos a su mundo, o quizá no. Puede que estén tan inmersos en el mundo que habitan que no saben que hay otras formas de vivir diferentes a la impuesta. Lo que hacen, para no salirse de la norma, es cerrar sus ojos y arremeter contra todo el que quiera vivir de forma distinta.
             De lo que hablo es del consumismo y de sus consecuencias. Nuestro planeta es muy rico y daría cabida a gran cantidad de miles de millones de habitantes, pero para ello tendríamos que ser unas personas responsables y cuidadoras de nuestro medio ambiente. La responsabilidad y la buena educación son los pilares fundamentales para que nuestra sociedad pudiera llegar a ser sostenible.
             Con la llegada de la televisión comenzaron a producirse gran cantidad de anuncios publicitarios empujándonos a consumir más y peor. No es que antes no hubiera publicidad, pero la radio y la prensa escrita carecen de la fuerza del medio audiovisual. Los gobiernos neoliberales han visto que el consumismo desaforado es su gran aliado, porque el que hace cola delante de una tienda de Apple durante ocho horas para comprar la última novedad innecesaria no se pregunta quiénes somos y adónde vamos, se pregunta cuándo abrirán de una vez.
            Así, desde pequeños están educándonos para consumir, pero no para ser buenos consumidores, con criterio y raciocinio, sino para ser compradores impulsivos y compulsivos. ¿Por qué? Es fácil, porque si el dinero que ganas con tu esfuerzo lo gastas todo tal y como te llegue, irá a parar de nuevo a las manos de los que gobiernan el mundo, que no son los políticos, sino las grandes corporaciones empresariales, capaces de derrocar gobiernos, sumir a ciertos sectores en puntuales crisis recicladoras y hacer saltar guerras intestinas purificadoras. Volviendo a mis viejas ideas de «a quién beneficia» y a la de «la navaja de Ockham», vemos que esto es así, puesto que de una forma u otra las grandes corporaciones empresariales son las que siempre salen ganando de cualquier «fregao» que se monte en cualquier parte del mundo.
             La alianza entre las grandes corporaciones empresariales y los gobiernos mundiales no sólo radica en que son las primeras las que quitan y las que ponen a los segundos, sino también en la cuestión impositiva. Nos echamos las manos a la cabeza cuando descubrimos que en siglos anteriores existía algo así como el «diezmo», que era pagar un 10% de los frutos al señor o a la Iglesia. Pero, ¿quién paga hoy en día el 10% de impuestos? Nadie.
             El contribuyente paga entre un 20% y un 50% de sus ganancias al Estado, así, sin vaselina ni nada. Con lo que le resta, paga un 21% de IVA por cada producto consumido. Si tiene cualquier propiedad, debe pagar IBI. Si tiene vehículo, debe pagar el impuesto de circulación. Cualquier servicio fundamental (energía, agua), posee su impuesto específico. Lo poco que le quede a su muerte, no lo podrán disfrutar plenamente sus herederos, porque existe el impuesto de sucesiones, al menos en Andalucía.
             La presión fiscal de las sociedades actuales es demoledora, pero nos callamos y pagamos, porque estamos en un régimen de libertad (¿?). Y el dinero que nos queda lo gastamos de forma estúpida en caprichos excesivos e innecesarios, que la publicidad ha logrado con engaños hacernos creer que no podríamos vivir sin ellos. Son productos que revierten el dinero a las grandes corporaciones empresariales, aunque no todo, porque parte va a sus aliados, los gobiernos, en forma de impuestos.
             El usar y tirar se ha vuelto una forma natural de consumo. Si alguien hiciese cuentas de lo que valen los envases de los productos consumidos que diariamente tiramos a la basura, quizá despertáramos de esta mala pesadilla que vivimos. Además, estos envases no salen gratis, no ya monetariamente hablando, sino en lo que respecta al daño que estamos infligiendo en el planeta en el que debemos seguir viviendo, convirtiéndolo en un enorme vertedero.
             Estamos destruyendo las últimas reservas verdes del planeta para poder tener muebles baratos y, así, poder cambiar la decoración del salón cada tres años. ¿De verdad que es necesario? Todos hemos vivido en las casas de nuestros padres, donde la entrada de una mesa nueva era todo un acontecimiento. Y no pasaba nada, porque la mesa vieja estaba bien fabricada y cumplía a la perfección con su cometido.
             Estamos ciegos, pero además locos. Yo he conocido parejas trabajadoras que entre ambos cobraban más de 3 000 euros mensuales y que les costaba llegar a final de mes. ¿Cómo es posible?
             Y es que la codicia que nos achacaban los indios norteamericanos sigue corroyéndonos. ¿Para qué quiere Bill Gates 86 000 millones de dólares? ¿Y Warren Buffet 75 600? ¿Y Jeff Bezos 72 800? Y sólo he mencionado a los tres más ricos del mundo según la última lista de la revista Forbes. Me parece absurdo y fusilable que haya personas con esas disparatadas cantidades de dinero mientras otra gente no tiene ni para beber agua, la necesidad más acuciante del ser humano (en realidad no lo es, ya que es respirar, pero por ahora es gratis, gracias a que las grandes corporaciones empresariales no se han dado cuenta todavía y no nos cobran por ello. Los gobiernos tampoco, y no se rían, porque el gobierno español nos cobra por el sol que consumimos).
             Y si me parece fusilable no es por otra cosa que por la forma en que esta gentuza ha acumulado tal cantidad de dinero. ¿Se creen que Amancio Ortega ha acumulado más de 50 000 millones de dólares siendo bueno y justo con sus trabajadores? No, lo ha podido hacer porque la mayoría de sus productos estarán fabricados por esclavos modernos del sudeste asiático. No sólo son baratísimos los productos elaborados en tales países, sino que además se quedan ellos con las consecuencias medioambientales de su barata fabricación.
             Pero lo que ocurre con Amancio Ortega pasa con todos los miles de muchimillonarios que hay. Para que ellos hayan llegado a tal estatus, hay muchísima más gente pasando penurias, porque la riqueza es como la energía, sí, aquello que aprendimos en el colegio. Así, la riqueza ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, por lo que quiere decir que el que acumule mucha se la está quitando a otros que quizá la necesiten más.
             El ser humano, mientras puede, se dedica a consumir y a acumular, olvidándose de vivir. Es como los tontos que van a un concierto en directo y se lo pasan grabándolo con el móvil, viéndolo todo el rato a través de una pantallita de seis o siete pulgadas, más atentos a cómo quedará y qué guay cuando lo suba al Facebook que en disfrutar del momento.
             Las nuevas generaciones son mucho peores que las anteriores al respecto, pero sólo nosotros tenemos la culpa, puesto que es a lo que les hemos acostumbrado y ya no hay vuelta atrás. Me sorprende cuando, en algún documental, veo a un joven africano viviendo en un poblado infecto con ínfimos recursos de toda índole y, aun así, es feliz con la vida que tiene. Si metiéramos a uno de nuestros ninis allí, sin Coca-Cola, sin cobertura para su móvil de última generación y debiendo andar diez kilómetros para ir a por agua, iba a durar dos días, o a lo mejor no, porque al no tener acceso a Internet cortaría la comunicación con su mentor de la Ballena Azul.
             Se está yendo todo a la mierda, pero mientras nos dirigimos a nuestra destrucción seguimos haciendo cola a la entrada de las tiendas porque están de rebajas fingidas.

             El Condotiero

jueves, 27 de julio de 2017

La incultura al poder

             Me he fijado en que, últimamente, se está dando una curiosa discusión en foros y otras redes sociales acerca de la posible desaparición de los signos iniciales de interrogación y exclamación de nuestra querida lengua castellana. Por fortuna, aún continúan siendo mayoría los que creen que deben mantenerse, pero ya de por sí es sintomático que algo de esta guisa sea ponderado.
             Como es tan evidente que su necesidad en nuestro idioma es manifiesto, tardaré poco en explicarlo, y es que resulta que en la gran mayoría de idiomas se da un cambio de orden de los elementos oracionales que ayuda al oyente o al lector a saber cuándo una frase es interrogativa o exclamativa, sin necesidad del signo final de interrogación o exclamación, que sólo sirve para finalizar la dicción de esa misma forma. Además, también suelen contar, tales idiomas, con auxiliares al comienzo de las oraciones de este tipo, cosa que no es así en el español.
             Nuestra lengua se diferencia del resto en que no cambia su orden en la construcción ya sea una oración enunciativa, exclamativa o interrogativa. De tal forma, la única clave que existe en el lenguaje escrito español para distinguir si una oración es del tipo de las anteriores es explicitando los signos de exclamación e interrogación, tanto iniciales como finales. Y en el lenguaje oral la diferencia está en la curva melódica tanto exclamativa como interrogativa, que en otros idiomas sólo se produce al final de la frase. Nuestro idioma es tan rico que tenemos las oraciones exclamativas e interrogativas indirectas, que son las introducidas por los pronombres exclamativos e interrogativos sin la necesidad de sus signos específicos.
             La cuestión es: ¿por qué se está dando una degeneración del lenguaje escrito? Podríamos decir que también está ocurriendo con el lenguaje hablado, pero esto ha sido así siempre. Es el motivo que suelen dar los que desean los cambios a su comodidad, que el lenguaje cambia debido a sus propios usuarios.
            No negaré que el habla de los parlantes ha condicionado el uso de la propia lengua, pero también es verdad que los cambios en el lenguaje escrito han sido más lentos que en el lenguaje oral y siempre por cuestiones de peso. La razón es obvia: todos han sabido siempre hablar, mejor o peor, pero han podido comunicarse de forma oral, mientras que sólo un pequeño porcentaje de la población estaba alfabetizado y era, precisamente, el sector de población más culto.
             ¿Qué quiero decir con esto? Pues que la democratización absoluta del lenguaje escrito está permitiendo a los miembros menos preparados de la sociedad opinar sobre algo que ni entienden ni saben. Comprendo perfectamente que le gente no use un lenguaje refinado en plataformas comunicativas como WhatsApp (yo tampoco lo hago), puesto que su finalidad no es ganar un premio Nobel de Literatura, sino la fluidez en el intercambio de ideas, pero de ahí a querer que las normas de una lengua escrita tan rica y maravillosa como la española se amolden a ellos hay un trecho, y bien gordo.
             Deberíamos entender, todos, que el lenguaje oral jamás será idéntico al escrito. Un ejemplo: «quillo, pisha, ¿cómo anda tu vieja?» en un encuentro entre dos amigos en plena calle, no puede ser igual a la misma pregunta en una carta, que sería tal que así «Estimado Juan: te escribo para informarme del estado de tu madre y, de paso, darte ánimos con mi apoyo, que sabes que lo tienes». Evidentemente, esto último, que formalmente escrito es impecable, sonaría bastante cursi en una conversación casual. Y también deberíamos entender que una conversación escrita en WhatsApp es lo más parecido posible a una charla oral.
             Por ello, que existan personas que quieran que las formas de comunicarse modernas sean extrapoladas a la culta forma de escritura, sólo por su comodidad, me parece una manera de denigrar la esencia misma de la lengua escrita, en este caso de la castellana, con tantos y tantos ejemplos de intelectuales que la han usado para dar a conocer sus más profundos pensamientos e inquietudes.
             Pero esto es así en todos los parámetros de la vida, como ya dije en mi entrada anterior, y cualquiera se ve capaz de discutir cada cosa ante los más preparados sin tan siquiera documentarse mínimamente. El problema no es éste, pues con no hacer ningún caso a estos elementos de la sociedad estaría más que resuelto, lo que ocurre es que hay mucha gente e instituciones de todo tipo que dan pábulo a sus reivindicaciones, por muy absurdas que sean. Así, la RAE está cometiendo el error de igualar por lo bajo, de la misma forma que se hace en los colegios e institutos españoles. Como no podemos conseguir que los más incultos (que lo son porque quieren, puesto que en la actualidad la cultura está al alcance de todos) se pongan a la altura de los más cultos, o lo más flojos a la de los más esforzados, pues la solución está en bajar todos los niveles culturales y académicos, como si fuera la panacea encontrada para evitar significativas diferencias en las distintas capas de la población.
             Así nos va y ahsi noz hira...

             El Condotiero

viernes, 21 de julio de 2017

Estamos en Matrix y no lo sabemos

             Mi deseo no es otro que continuar con la idea del gran José Saramago... ah, ¿que no saben a qué me refiero? No importa, les invito a escucharlo aquí.
           Claro, que yo también he dicho cosas parecidas en este mi blog, con otras palabras y de forma diferente, tampoco siendo el único, pero la mayoría no somos escuchados y los que deberían hacerlo no quieren, puesto que el sistema actual es el que les conviene.
            Sí estamos en Matrix, porque vivimos en una sociedad, la occidental, en la que creemos que hay democracia, justicia y libertad. Comencemos por la democracia. Su definición por la RAE es: forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos. ¿De verdad que esta definición se ajusta como un zapato a los sistemas políticos que abundan en las naciones pertenecientes a la civilización occidental?
            Quizá esté equivocado, pero yo creía que la democracia en España se trata de que una vez cada cuatro años, y en cada peldaño de gobernación, vamos a unas urnas a depositar nuestro voto y nuestra confianza a un partido político (los cuales, en su gran mayoría, carecen de democracia interna), para que nos represente durante la siguiente legislatura.
            Punto pelota. No hay más democracia. Al menos en nuestro país. Eso no se corresponde con la definición de la RAE sobre la «democracia». Ah, sí, que hay un método por el cual los ciudadanos pueden reunir firmas para presentar ante el Congreso una propuesta de ley, pero esto es trabajoso y, normalmente, ineficaz, porque al final son los diputados (350 como mucho) los que deciden si los cientos de miles o millones de firmas se tiran a la papelera o no.
            Ya he comentado en entradas anteriores que deberíamos tener más en cuenta al ciudadano y también a los avances tecnológicos. Parece ser que estos últimos sólo son aprovechados por el gobierno de turno para que no se escape ninguna multa de tráfico o de la seguridad social, pero se desestima para poder crear una democracia real. En la actualidad, con una inmensa mayoría de población con acceso continuo a Internet y toda, prácticamente, que podría tenerlo de forma puntual, no sé a qué esperan para gobernar a base de plebiscitos semanales por esa vía.
            No se hace no porque sea complicado, sino porque es evidente que a nuestros políticos no les interesa. Yo comento, y no en tono de guasa, que lo que tenemos es una dictadura (o mejor una oligarquía) que dura cuatro años. Votamos a nuestro dictador y su séquito por cuatro años. Y no es ninguna perogrullada. Votamos a alguien que creemos que nos va a representar fielmente y va a luchar por nuestros intereses, contando para ello con algo que se denomina programa electoral. O sea, les votamos por lo que nos prometen que van a hacer durante los próximos cuatro años, pero está demostrado que en esos años van a hacer lo que les da la gana y no tenemos medio alguno (exceptuando guillotinas, que, al parecer, están muy mal vistas) para deponer a los sinvergüenzas y aprovechados que nos mienten y nos malgobiernan durante esos fatídicos cuatro años.
            Así, no nos queda otra que esperar a que terminen para volver a empezar, escuchar mentiras electorales, depositar de nuevo la confianza en ese partido político (que nos promete enmendarse) o en otro (que nos promete derogar los patazos del anterior), y otra vez ser engañados. Así llevamos cuarenta años en España.
            Hay muchos que dicen que es el mejor sistema que existe y no tenemos más remedio que amoldarnos a él y, si acaso, cambiar las cosas desde dentro. Primero, que no es el mejor sistema que existe, porque ya he explicado yo uno mejor, el de los plebiscitos para todo vía Internet; y segundo, que las cosas no se pueden cambiar desde dentro, porque cuando entras en ese sistema, es decir, te haces político, el lado oscuro es demasiado poderoso para rechazarlo y entre dietas, tres por cientos, chóferes, putas y coca, es muy difícil que la honradez triunfe.
            Además, como dice Saramago, los gobiernos occidentales actuales tiene muy escaso poder, puesto que son los grandes organismos y corporaciones mundiales los que gobiernan a los que nos gobiernan. Que si el FMI, que si la OCDE, que si la Troika... Hay tantos que están por encima de nuestro Presidente del Gobierno que no podemos estar seguros de su independencia y capacidad de decisión, y todos aquellos que están por encima de él son personas que no han sido elegidas democráticamente. Por tanto, ¿quién nos gobierna? ¿Alguien lo sabe?
            Con respecto a la justicia, siempre hemos sabido y siempre sabremos que la justicia no es igual para todos, es lenta e ineficaz y, para colmo, en nuestro país no es independiente, al no existir la consabida separación de poderes.
            La única forma en que la justicia fuera independiente sería que sus más altos representantes fueran elegidos por el pueblo, vía Internet también, con mandatos finitos y con cuentas que rendir al pueblo.
            ¿Y la libertad? Me río de la libertad en un Estado donde no hay democracia real y la justicia está obsoleta. Y a los hechos me remito: ¿qué pasa cada vez que un loco estrella un avión contra un edificio o un camión contra una multitud? Más recortes de libertad y todos aplaudimos en aras de nuestra seguridad. Lo dicho, puro Matrix.
             Pero, como ocurre con esa ficción realista, o con esa realidad ficcional, el que se la crea que continúe viviendo su felicidad, impostada, sí, pero felicidad al fin y al cabo.

            El Condotiero

lunes, 17 de julio de 2017

Opinar o no opinar, ésa es la cuestión

             Estoy asistiendo, a través de las redes sociales, a un fenómeno curioso en nuestro país que, precisamente, no es nuevo aunque sí lo sea el medio utilizado, y se trata del recrudecimiento de los combates verbales entre la izquierda y la derecha. Se está dando como normal que cuando uno u otro se queda sin argumentos para defender su posición, arremete contra el de más allá con el insulto más barriobajero posible. Vamos, lo que toda la vida de Dios ha sido el «tengo razón porque grito más», tan típico de los españoles.
             Supongo que no será cuestión sólo de debates políticos, sino que afecta a todo lo que en esta sociedad pueda ser opinable que, según las nuevas generaciones, es TODO.
             Y aquí es donde me opongo a los que defienden esta opción, primero porque todo no es opinable (si una mesa es una mesa, no es un frigorífico: no es opinable; lo opinable es si es bonita o no, por ejemplo), y segundo porque no todo el mundo debería opinar dependiendo de qué asuntos.
             La opinión se ha vuelto tan democrática que muchos piensan que tienen el derecho a opinar de cualquier cosa. Antes de que se adelanten, no, yo también pienso que yo no tengo derecho a opinar de cualquier cosa. ¿Por qué? Porque estoy plenamente convencido de que para poder opinar sobre algo hay que tener cierta idea de ese algo o, al menos, documentarse mínimamente para que la opinión sea ponderada y coherente; si no es así, se convierte en «pamplina soltada sin ton ni son», que es lo que en la actualidad vemos a todas horas en todos los medios, incluso en las terrazas de los bares.
             De tal forma, yo no puedo opinar sobre la pesca de la trucha en el río Eo, porque ni siquiera sé si es legal o si las hay, además de no tener ni idea de pesca. Como mucho, podré prestar atención a alguien que sepa sobre ello y hacerle preguntas más o menos inteligentes, dependiendo sobre todo de si el tema me interesa, que no es el caso. Así, cuando elijo un tema sobre el que opinar en mi blog, primero me lo pienso mucho y después me documento un poquito. Se puede estar en desacuerdo con mis ideas, pero nadie puede tildarme de decir patochadas, porque seguramente me habré documentado mejor que el que pueda insultarme sin más.
             Y esto se relaciona con todas las veces que aquí he arremetido contra los supuestos «expertos» que aparecen en las tertulias televisivas y radiofónicas, que muchos sí hacen bien su trabajo y se nota cuando hablan, pero otros irán de fiesta en fiesta y no se preparan nada, y también se nota cuando hablan.
             Pero sobre lo que quería opinar hoy, y por ello el título, que me ha servido de doble sentido al imaginarme diciendo esa frase con una calavera en la mano, es sobre la pena de muerte. No es que esté de actualidad, sobre todo en nuestro país, que casi te dan una palmadita en la espalda después de haber matado a cuatro o cinco, con un consejo tipo «ea, para casita y no lo vuelvas a hacer, eh». En algo debemos sobresalir los españoles por el lado bueno, aunque no seamos los únicos, puesto que dos tercios de todos los países del mundo han abolido la pena capital.
             Pero, para adelantarme a los acontecimientos de una España en la que la brecha entre izquierda y derecha es cada vez más insalvable, daré mi opinión sobre ella: la pena de muerte JAMÁS debe ser admitida. Como una vez escuché, no sólo le quitas a alguien todo lo que tiene, más allá de la libertad, sino que también le quitas todo lo que podría llegar a tener. Si una pena como la condena a muerte es injusta del todo, ningún Estado de derecho que se precie debería observarla en su código penal.
             He visto muchísimos documentales de asesinatos en EE.UU., supuestamente un país democrático y un Estado de derecho, donde la gente cree que es una pena justa para el asesino de un familiar suyo, pero es evidente que se trata más de venganza que de justicia. Nadie, por muy malvado que haya llegado a ser, se merece ser ejecutado, aunque sea por una sola razón: nadie jamás podrá probar al 100% que el imputado (ahora investigado) sea el culpable del caso que le ocupa. Excepto el mismo culpable, que nunca lo dirá y si lo dice puede ser por alguna otra cuestión, nadie sabe a ciencia cierta quién lo es, por lo que nuestro sistema de justicia se basa en pruebas e indicios y en multitud de ocasiones el fallo de juez ha sido fallido. De tal forma, a un inocente encarcelado injustamente lo puedes liberar, aunque hayan pasado treinta años, pero a un ejecutado no le puedes devolver la vida.
              Esto último que he comentado NO es opinable, es un axioma irrefutable, por lo que me creo tan en la razón que es inútil discutirlo. SÉ que llevo la razón, porque me he documentado. En 1989 Teng Xingshan, al que apodaron el carnicero, fue sentenciado a muerte por la violación, desmembramiento y asesinato de una mujer de su pueblo en China. Se lo endilgaron a él porque tenía conocimientos quirúrgicos y porque había confesado (lo de la tortura china es algo más que un dicho). Ese mismo año fue ejecutado y no pudo ver cómo, tiempo después, la mujer aparecía viva y no sabía nada acerca del pobre Teng. Se habían equivocado de cadáver y de culpable.
            Hay muchos más casos como éste, pero con sólo uno me vale para enrocarme en mi postura y saber que tengo razón y que la pena de muerte NO es opinable, por mucho que a las nuevas generaciones les guste opinar de todo y de todos, sin saber de lo que hablan y leyendo sólo los envases de champú cuando van a gobernar a su trono particular.

             El Condotiero

martes, 11 de julio de 2017

Veinte años no han sido suficientes

             Desde luego que no para algunos de los individuos que tenemos como figuras políticas de nuestro país. Y es una lástima, porque luego querremos que desaparezca el bipartidismo y el «¿tú eres del PP o del PSOE?» de esta España que en ocasiones nos sorprende, a más de la veces de forma peyorativa.
             El caso es que en estos días se está recordando a Miguel Ángel Blanco, el concejal asesinado en el País Vasco, por haberse cumplido veinte años de aquello. No es que Miguel Ángel Blanco sea más importante que otras víctimas de la banda terrorista, pero fue el principio del fin de ETA.
             Hasta entonces la ETA había asesinado a casi mil personas, pero las noticias habían llegado a todos como hechos consumados ante los que nada se podía hacer, salvo su prosecución judicial. La diferencia con Miguel Ángel era que existía una cuenta atrás para la hora de su ejecución. El error estratégico de la banda terrorista fue de libro, ya que en el momento que lanzó ese órdago, perdió la partida. Teniendo en cuenta que el Estado español no podía claudicar ante sus pretensiones, a ETA sólo le quedaban dos caminos: incumplir su amenaza, con lo que habría perdido toda su credibilidad conseguida con sangre ajena, o cumplirla, que es lo que hizo, pero que tuvo unas consecuencias aún más nefastas para ellos.
             Todos sabemos el giro que tomó la lucha contra ETA a partir de la muerte de Miguel Ángel Blanco, y también sabemos su motivo: unión política de los partidos demócratas y, sobre todo, fin de la costumbre del vasco medio de «mirar hacia otro lado». Y digo sobre todo porque lo considero el factor fundamental, ya que los que siempre han apoyado a la banda terrorista lo siguen haciendo hoy con Bildu, heredero de Herri Batasuna, pero son minoría en el País Vasco. La mayoría siempre han sido personas que miraban a otro lado porque no querían significarse al tener miedo de los asesinos, pero ese miedo se acabó cuando vieron que era un vasco la víctima (de nacimiento, no por sus ocho apellidos), que para más inri era joven y guapo.
             No es una cuestión baladí ésta, ya que cuando vemos a un joven guapo, con una novia guapa y con aficiones como la música, nos cae mejor sin conocerle personalmente que una persona de mediana edad o cerca de la jubilación. Eso lo saben perfectamente los publicistas, y ése fue el gran error de la ETA. Aparte de colocar un reloj de muerte y cumplir su amenaza, ya que no colocaba a la gente ante un hecho consumado, sino que aún se podía reaccionar y ellos no lo hicieron.
             A quienes tenían que haberles dado varios tiros en la nuca era a la cúpula de su propia banda, por inútiles, ya que fueron los que la emplazaron en la situación de caída vertiginosa hacia la derrota.
             Y hoy, con la banda terrorista casi disuelta y sin apenas apoyo político y del pueblo vasco, homenajeamos al malogrado Miguel Ángel Blanco que, con su sacrificio involuntario, originó la marea que se convirtió en el «Espíritu de Ermua». Casi todos los estamentos políticos y comunicativos del país han tomado parte en dicho homenaje, pero hay unos cuantos, pocos, pero los hay, entre los que se cuenta el alcalde de mi ciudad, el Kichi, que no se suman a dicho homenaje. Desde aquí le digo al Kichi que no me representa, ni a mí ni a la mayoría de los gaditanos, y que con acciones como ésta está sellando su final como jefe del consistorio.
             Y a esto me refería cuando decía al principio que no es buen camino para acabar con el bipartidismo. Los españoles descontentos con la política llevada por los grandes partidos españoles buscamos un partido en el que poder depositar nuestra confianza para un futuro mejor, pero ese futuro no puede pasar por no homenajear a una víctima inocente o por no apoyar el excarcelamiento de un preso político venezolano.
             Las cabezas pensantes de Podemos (cabeza seguro, lo de pensante no lo estaría tanto) desvarían con ciertas cuestiones que son de bien para todos, independientemente de que el PP y el PSOE también estén de acuerdo con la cuestión. No todos los que estamos en contra de las políticas neoliberales de los grandes partidos nacionales estamos a favor de la violencia y de las dictaduras de izquierda. Esto es algo que los podemitas no parecen tener claro y ya es hora de que alguien se lo diga. Los españoles no sólo estamos hartos de las políticas neoliberales, sino también de la forma de pensar habitual en España: si eres de izquierda, todo lo que venga de allí es bueno y lo de derechas es malo, y viceversa.
             No, señores, no. Que no haya democracia real en España no significa que lo de Venezuela sea bueno, porque creo que es peor. Y si el concejal asesinado en Ermua era del PP, no significa que los de izquierdas deban estar contentos con ello.
             Uno de los problemas que tenemos es que casi todos los altos cargos de Podemos son licenciados o doctores, y así algunos creen que están preparados, pero si supieran qué hace falta en España para ser licenciado o doctor, no lo creerían tanto, porque todos pueden serlo con un poco de tesón y un mucho de dolor de rodillas, pero no es requisito indispensable tener al menos cien de cociente intelectual.
             Si alguien cree que estoy enfadado, bingo, lo estoy, porque estoy hasta la coronilla de los grandes partidos nacionales corruptos e interesados sólo en su propio bienestar y en el de los empresarios que los apoyan, y quiero un partido que sólo piense en sus votantes y en los que no lo son, con políticas conciliadoras y justas, pero lamentablemente Podemos no será ese partido, porque cada vez que hace una de las suyas, pierde miles de votos por el camino, y, cuando lleguen las próximas elecciones, su sueño se habrá agotado, para desgracia de todos.
             Ya estoy viendo una carrera para ver quién se saca antes el carnet del PP o del PSOE, que serán los que siempre estén ahí, dándonos por saco.

             El Condotiero

miércoles, 5 de julio de 2017

¿Hacia dónde va el feminismo?

             Lo que no sé en realidad es hacia dónde voy yo, porque me voy a meter en un fregao de mucho cuidado, pero cuando inicié el blog me prometí a mí mismo que jamás sería políticamente correcto, porque lo considero una hipocresía, y que criticaría todo aquello que crea criticable, porque lo considero de justicia.
             Y hoy le ha tocado el turno al feminismo recalcitrante que vivimos en estos tiempos.
             Atención: no quiero decir con ello que esté en contra de las feministas y de sus tesis, sino que a veces no tienen la razón pero poca gente se lo hace ver, ya que son tan combativas que da miedo enfrentarse a ellas. Además, en el país que por fortuna o desventura habitamos, somos muy dados a poner calificativos infundados a todo aquel que esté en desacuerdo con nosotros: si soy comunista y en algo, aunque sea nimio, no me apoyas, te llamaré «fascista»; si soy feminista, en ese caso te llamaré «machista». Con el valor añadido de que nuestro séquito de pelotas te pondrá a caer de un burro sin ni siquiera darte la oportunidad de explicar tu opinión.
             El caso es que se han sucedido en pocos días dos hechos por los cuales las feministas han explotado, como suele ocurrir, y es el motivo de que escriba esta entrada.
            Lo primero ha sido la guerra abierta que han declarado las feministas a la maternidad subrogada, o más comúnmente llamada vientre de alquiler. Como ustedes comprenderán, es algo que a mí ni fu ni fa, pero me ha llamado la atención por la incoherencia demostrada por las feministas a ultranza o, al menos, por una parte de ellas.
             Yo siempre he dicho que respeto todas las opiniones, aunque estén equivocadas, porque todo el mundo tiene derecho a estarlo, y no es malo que lo estén porque así habrá buenos samaritanos que saquen de su error al equivocado. Para que lo sepan, yo también tengo derecho a estar equivocado. Pero lo que jamás respetaré es la incoherencia: no, no, y no respeto a aquél que un día me dice blanco y al otro negro.
             No tengo una opinión clara respecto al aborto, porque por un lado podría ser un asesinato, ya que creo que un feto es una vida humana... ¿desde qué semana de gestación? Pues no lo sé, la verdad, pero ni yo ni nadie. El caso es que la destrucción de una vida humana no nacida choca con las necesidades de una mujer que no puede ser madre por distintas circunstancias. Como es tan difícil para mí ponerme en la situación del feto o de la madre, entonces, como ya he dicho, no tengo una opinión clara. Pero las feministas parece que sí: ellas creen, defienden, combaten, que la mujer es la única dueña de su cuerpo y, por tanto, ellas deciden libre e individualmente.
             Hasta ahí, nada que objetar. Tampoco puedo decidir si están equivocadas o no, a lo que tendrían derecho. Lo que no puedo respetar es que ahora digan que la mujer no debe someterse a lo del vientre de alquiler y que ellas están en contra.
             Vamos a ver, señoras incoherentes, ¿no decían aquello acerca de que la mujer es la única dueña de su cuerpo y que ella es la única que decide? Entonces, ¿por qué deciden ustedes ahora por todas las mujeres acerca de este tema?
              Siguiendo su tesis sobre el aborto, cada mujer debiera libre e individualmente decidir acerca de si quieren o no ser vientres de alquiler. ¿Por qué se niegan a ello? Según dicen, es una forma de esclavizar a la mujer, donde las ricas explotarán a las pobres.
             No digo que no, pero hay tanta explotación en el mundo... Y no tienen en cuenta que puede haber parejas que lo necesiten de verdad, a la vez que es posible que haya mujeres que deseen ayudar, aparte de ganarse un dinerillo con eso. Quizá lo que no quieran es que hagan negocio con su cuerpo, pero entonces tampoco entiendo que no quieran que una chica joven gane 20 000 euros por ello y se pague la carrera, pero estén tan a favor del aborto que una mujer podría haber evitado con la compra de un preservativo por menos de un euro.
             El otro caso que ha saltado a la palestra es la que se ha armado en las redes sociales porque un colectivo de mujeres se ha visto obligada a clausurar un encuentro de mujeres usuarias de juegos de ordenador. Parece ser que como se sienten observadas, molestadas y acosadas en los encuentros de este tipo por parte de freakys irredentos que no han visto a una chica en su vida, pues decidieron organizar un encuentro sólo para mujeres (lo entiendo, a mí también me asustaría que una panda de adolescentes con gafas, flequillo y acné, más blancos que la leche, no me quitara los ojos de encima).
             Como tiene que haber de todo, desde un foro se empezó a despotricar sobre el tema, porque ya sabemos que algo más de un 2% de nuestros genes proceden de los neandertales. La cuestión es que las organizaciones que habían dado un sí desde el principio se echaron para atrás con la excusa de que no podían garantizar la seguridad del evento. Compuestas y sin novio se quedaron (no se enfaden, que es una forma de hablar).
             Yo, como no podía ser de otra manera, estoy en contra de que esto haya ocurrido. Si quieren organizar un finde sin chicos para jugar al ordenador, por mí adelante. Las apoyo a muerte. Ahora, también he de decir que las feministas son las primeras en despotricar cuando un grupo de hombres quiere hacer algo en lo que no desean que tengan cabida las mujeres. Por ello, volvemos al tema de la coherencia.
            Me parece muy bien que ellas quieran organizar algo sólo para mujeres, pero, por la misma regla, deberían dejar que también haya actos organizados sólo para hombres.
            No debemos olvidar que la mujer se ha introducido en profundidad en todo aquello que hasta hace pocos años era coto cerrado de hombres... si es que hasta en los estadios de fútbol se ven ya más parejitas que grupos de amigos...
            En fin, que el problema no estriba tanto en el machismo y feminismo imperantes, sino en la educación recibida y en las intransigencias que nos gobiernan (y esta vez, sin que sirva de precedente, no hablo de nuestros políticos).
            Y uno de los problemas que veo es que las asociaciones feministas han nacido ya con una tara. Llaman «feminismo» a la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, cuando en realidad muchas de ellas lo que en el fondo quieren es su supremacía y la palabra de por sí es la que está bien usada para ello. La palabra «feminismo» no puede indicar igualdad, porque etimológicamente no significa eso, por mucho que así lo refleje la propia Academia de la Lengua, porque también nuestros académicos tienen derecho a estar equivocados, y en este caso es más que evidente que lo están. Yo lo llamaría «secuestro semántico», como ocurría con lo de «conflicto armado» cuando los etarras hablaban de terrorismo, o más actualmente, con lo de ISIS y no DAESH, cuando el autoproclamado Estado Islámico no puede ser un estado porque nadie lo ha reconocido. Pero siempre habrá tontos que les baile el juego a los secuestradores semánticos, dándoles su primera victoria.
             De tal forma, «feminismo» es el antónimo de «machismo», y como tal significa exactamente lo contrario. Por tanto las feministas deberían defender no el «feminismo», sino el «ecualitarismo», que sería más lógico, aunque en el fondo sean feministas (si he escrito «ecualitarismo» es porque es una palabra que no existe y porque «igualitarismo» ya está cogida en la RAE).
            Llamemos, por tanto, cada cosa con su nombre y comencemos a defender nuestras tesis desde la coherencia y el diálogo. Creo que las cosas nos irán un poquito mejor a todos.

             El Condotiero