martes, 18 de abril de 2017

Supervivencia

             Raroc estaba desesperado. Vagaba solo, buscando refugio. El aire glacial entumecía sus músculos mientras pensaba que él, al menos, estaba en movimiento, pero no así su escasa familia, que había quedado resguardada en una estrecha zanja del interminable horizonte helado. No hacía siquiera cinco años su comunidad llegaba casi a cincuenta miembros. Hoy, debido al hambre y al incesante frío, apenas llegaban a veinte, incluyendo a su compañera y sus dos vástagos, supervivientes de los ocho que habían llegado a nacer. Pero así era la vida. Sus padres le habían enseñado todo lo que habían podido, antes de perecer en una avalancha de hielo y rocas, y lo demás lo había aprendido de forma intuitiva. La fragilidad de la vida era una de las cosas que había experimentado, por lo que no se asustaba de ello.
             En su continuo deambular, de refugio en refugio, había visto multitud de cosas extrañas. Él las tocaba con veneración. No sabía qué eran ni a quién habían pertenecido, pero esas piedras lisas, altas y ruinosas parecían confirmar las historias que a veces se contaban por la noche, en las buenas noches en las que podían disfrutar de un incierto fuego, puesto que los trozos de madera que se encontraban escaseaban cada vez más. Las noches se diferenciaban de los días en que la oscuridad era más profunda, sólo eso. Una de las historias que a él más le gustaban era la de la ocasión en la que se encontró otro grupo similar al suyo. No se entendían, pero por señas y ruidos guturales llegaron a un acuerdo y, en lugar de pelear por los pocos recursos de la zona, los grupos se juntaron. De hecho, su madre procedía del grupo visitante, por lo que él era un mestizo, si pudiera decirse así.
             En medio de sus pensamientos, Raroc tropezó con una piedra, oculta por un montículo de nieve helada. Se abrió un hoyo por el que estuvo a punto de caer. En principio maldijo su suerte, pero después acabó intrigado. Cogió el trozo de madera plana que llevaba atado a la cintura y se puso a excavar, rodeado por el vaho de su propia respiración. El esfuerzo dio sus frutos y acabó dando con lo que parecía una hondonada o una cueva en el mismo suelo. ¿Podría haber hallado un buen refugio para su familia? La única forma de saberlo era adentrarse para averiguarlo, pero él sabía que ello conllevaría un problema. Le quedaba material incendiario para esa sola inmersión. Si la cueva no era la adecuada, quizá perdiese la oportunidad de encontrar otra mejor. Finalmente, decidió que merecía la pena arriesgarse. Le había dado buena espina y el olor a cerrado que le había llegado no era menos importante.
             Después de haber golpeado varias veces la piedra amarilla sobre la gris, consiguió encender un pequeño fuego en el que puso las pocas hierbas secas que le quedaban, adhiriéndolas al palo de luz que siempre le acompañaba. Bajó por unas extrañas piedras lisas, increíblemente regulares, hasta que dio con una pared. Confuso, vio que la pared de piedra contenía unas profundas ranuras, por lo que creyó oportuno empujarla y, de forma sorprendente, el centro del muro basculó a un lado, dejando una apertura suficiente para poder entrar. Tenía miedo, sí, pero la necesidad acuciaba, por lo que traspasó esa extraña entrada de la cueva y lo que vio le dejó boquiabierto: una enorme gruta con paredes y techos perfectamente planos, y con unas rarísimas construcciones en madera de quemar. Cuando se acercó a una de ellas, observó que contenía unas cosas rectangulares, de diferentes colores y con unos extraños símbolos. No era la primera vez que veía esos símbolos, pero tampoco eran usuales ni entendía su significado, si es que tuviera alguno.
             Recorrió pasillos y pasillos de esa insólita cueva, todos cubiertos con aquellas singulares construcciones de madera. De repente, apreció un cambio en la luz. Sí, se estaba quedando sin combustible en su palo, por lo que no tenía mucho tiempo. Si se quedaba a oscuras en esa interminable sucesión de cavernas, estaría perdido. Podría arrancar algún trozo de madera de las construcciones laterales, pero le llevaría demasiado tiempo. ¿Arderían los raros cubos de inscripciones? No tenía nada que perder por intentarlo, así que extrajo uno y se percató de que se podía abrir. Estaba formado por un buen montón como de escamas blanquecinas, algo amarillentas, con más y más inscripciones indescifrables. Al tocarlas, notó su fragilidad, arrancando una de ellas y acercándola al fuego. Sí, ardía. Y con bastante rapidez, por lo que decidió aproximar más. Al mirar a los lados y ver más cubos como ése, comprendió que el refugio que había encontrado era perfecto para su familia, con combustible suficiente para una buena cantidad de lunas.
             Resolvió, ahora que no tenía que preocuparse por la luz, terminar de investigar esa prodigiosa cueva. No tardó mucho en llegar a lo que parecía el final, con una inscripción en la pared del fondo, enorme, aunque no tallada en ella, sino que eran unas piedras superpuestas y que refulgían a la luz de su palo. Sabía que aquella inscripción era importante, por el lugar que ocupaba, aunque no fuera capaz de saber si significaba algo o alguien la había puesto allí porque le parecía bonita. El dibujo era más o menos así:

Fondo de libros para la supervivencia de la 

cultura humana

Fundación de la Real Academia de la 

Lengua Española

             Era bonita, sí, se dijo, pensando que había llegado la hora de desandar el camino hasta la salida de la cueva para ir en busca de lo que quedaba de su familia y traerla a aquel lugar. Sí, en este magnífico refugio podrían pasar los días y las noches quemando esos cubos con inscripciones. Tal vez hubiera suficientes para poder sobrevivir hasta la salida del sol, un sol que él jamás había visto pero del cual sus padres tantas veces le habían hablado, aunque fuera también de oídas.

             Enrique A.Cadenas

lunes, 6 de febrero de 2017

El impuesto de la muerte o la muerte por impuestos

             Se habla mucho, en estos días, sobre la cuestión del impuesto de sucesiones, particularmente abusivo en comunidades autónomas como Asturias y Andalucía. No es que sea algo nuevo, sino que, como bien todos sabemos, los temas periodísticos tienen su tiempo y su lugar, y lo que ayer no era noticia, lo es hoy de forma desaforada, debiéndonos amoldar a la tiranía de la prensa, que es la que parece decidir qué asunto es importante y cuál no, llegando a la paradoja de que es la prensa, y no los gobiernos, la que dirige nuestras vidas, o al menos nuestras críticas. Ya se sabe, lo que no se publica ni siquiera existe.
             No voy a entrar a valorar lo justo o lo injusto de tal impuesto, porque me da igual, ya que creo que la mayoría de los impuestos son injustos. No crean que soy un antisistema, aunque cada vez dejo de serlo un poco menos, porque evidentemente un país necesita de unos impuestos recaudados a sus ciudadanos para poder seguir existiendo. Y esto no es nuevo, comenzó a ocurrir cuando se empezaron a crear los primeros asentamientos humanos mínimamente organizados, incluso antes de la aparición de las primeras ciudades-estado. Así, es lógico que los impuestos existan, a la vez que también es lógico que sean injustos, puesto que quien los pone es quien se beneficia de ellos. Y esto también ha sido así siempre. Como no estamos descubriendo la rueda ni nada parecido, lo único que puedo tratar aquí es del porqué en España, que es lo que me interesa, y ahora, no en la Historia, los impuestos son como son, y atañen a quien atañen.
             De tal forma, siendo los impuestos injustos de per se, la cuestión es conocer la razón de que en España sean más injustos que en otros lugares del mundo. Tampoco descubro el fuego si digo que la razón principal de que España sea uno de los países con una presión fiscal más alta es por la mala gestión que los políticos han realizado en los últimos cuarenta años. Ya todos saben que España posee el triple de políticos que Alemania, un país que casi dobla nuestra población. Esto quiere decir que España posee seis veces más políticos por habitante que Alemania, un país que casi todos advierten que está mejor gestionado que el nuestro. Y lo mejor de todo es que Alemania está más descentralizada que España, cosa curiosa. Por tanto no es la descentralización el verdadero problema, aunque influye, y mucho, ya que cuando los gestores son malos, cuantos más haya, peor. Y ése si es el verdadero problema.
             O sea, que debemos acudir a la implantación de nuestra Constitución y la creación de nuestra democracia para ir al germen del problema. Si preguntamos a la mayoría de los españoles, éstos estarán de acuerdo con la existencia de las comunidades autónomas, porque desean huir de una supuesta tiranía de un gobierno centralizado, y más si nos damos cuenta de la calidad de nuestros políticos, que en las pocas ocasiones que han podido disfrutar de una mayoría absoluta en las Cortes, en su gobierno central, han hecho y deshecho como han querido, sin preguntar a propios ni extraños y ejerciendo casi una dictadura de corto recorrido. El español medio parece que no está programado para la contemporización, sino más bien para el porquemedalagana.
             Ahora bien, si preguntamos a los mismos que antes estarían totalmente de acuerdo con la existencia de comunidades autónomas, seguro que dirán que también quieren que todos los españoles seamos iguales. Aquí niego la mayor, como ya comenté en la entrada La utopía de la Igualdad, porque en realidad los españoles no desean la igualdad de todos sus compatriotas, sino la mayor igualdad de ellos mismos, es decir, que cada uno de ellos no desea ser menos que los demás y, si es posible, ser un poco mejor. Esto explicaría la contradicción que hay en que deseen la existencia de las comunidades autónomas pero, al mismo tiempo, quieran que haya una igualdad impositiva para todos ellos. Algo así no es posible, ni lógico, puesto que si quieres que haya comunidades autónomas, algunas tan absurdas como las de Asturias, Cantabria, La Rioja, Navarra, Madrid y Murcia, que sólo tienen una provincia a la que gobernar, es para que impongan sus propias leyes, ya sean de carácter impositivo o de educación. Pero claro, ahora resulta que queremos que haya comunidades autónomas para evitar un desproporcionado poder central pero que las leyes sean iguales para todos. Entonces, ¿para qué queremos las comunidades autónomas?
             Lo que los españoles deberíamos meditar en profundidad es la conveniencia de las comunidades autónomas. Solemos crecernos cuando hablamos de la Transición Democrática, poniéndola como ejemplo de cómo un país puede pasar de una dictadura a un democracia sin derramamiento de sangre, o con el menos posible, pero no nos damos cuenta que cuando haces una revolución, por pequeña que sea, no está completa sin el uso profiláctico de la guillotina. Si lo que quieres hacer es una revolución que contente a todo el mundo, como fue nuestro caso, donde hubo cabida a todos los ideales y a todas las personas, acabas por producir un ente con unas soluciones de compromiso que, a la larga, demostrará sus carencias y sus meteduras de pata. Y creo, sinceramente, que la generación y la generalización de las comunidades autónomas españolas fueron un fiasco de proporciones calamitosas. Permitirles a unos políticos que no ven más allá de sus narices que gestionen la educación de las siguientes generaciones o los impuestos a sus ciudadanos es hipotecarnos para el futuro y para el presente, respectivamente.
             Así, quizá sea hora de que los españoles decidamos si sería beneficioso votar una nueva constitución que haga desaparecer errores tales como las comunidades autónomas y, aunque yo no sea republicano, la existencia de un rey como presidente de la Nación. Pero lo que digo no es fácil, puesto que los españoles no nos ponemos de acuerdo ni para tomar el café, además que el sistema no nos permite votar lo que queramos, sino lo menos malo entre lo que hay. Por ejemplo, elucubrando un poco, si el PP fuese a las siguiente elecciones con un programa en el que habría que gasear a dos millones de personas y el PSOE con otro en que sólo debiésemos gasear a un millón, votaríamos al PSOE, por considerarlo menos malo, cuando lo que realmente tendríamos que hacer es levantarnos en masa y gasear a todos los políticos, tanto del PP como del PSOE, que hubiesen presentado tales programas.
             Al fin y al cabo somos españoles, con todo lo que ello implica... para lo bueno y para lo malo... sobre todo para lo malo.

             El Condotiero

viernes, 13 de enero de 2017

¿Colegios de muerte?

             Nos desayunamos hoy en el periódico, aunque ayer ya se conoció la noticia por los informativos de las numerosas cadenas televisivas del país, con el desafortunado titular sobre la muerte de un adolescente por su propia mano, en este caso una adolescente, con tan sólo trece años. Es uno de los hechos que más daño pueden hacer a una familia, ya que si bien la muerte de un hijo de esa edad es algo muy duro, difícil de ponerse en su pellejo, supongo que si la muerte es autoinflingida lo es muchísimo más, porque, ¿qué motivos puede tener un niño o una niña para ello? Ésa es la gran pregunta, cuando a esas edades apenas se ha comenzado a vivir, ni siquiera puede tener la frustración de estar en paro, de que su voto no sirva de nada o cosas así, ya que, como se suele decir, para el Estado es «cascarón de huevo».
             Todos los que leen este tipo de noticias se echan las manos a la cabeza, porque el sistema está fallando. Parece ser que la niña sufría acoso escolar, eso que ahora está tan de moda, como otros de los niños de edades similares que en los últimos años han tenido el mismo fin. Es como si junto a Internet, los teléfonos móviles y las redes sociales se hubiera inventado eso del acoso... vamos, lo que toda la vida han hecho los «abusones», para qué nos vamos a engañar. Entonces no es que sea algo nuevo, ya que siempre ha habido niños más crueles que el resto, dentro de que la poca experiencia que tienen los niños los hacen ser crueles, al no tener desarrollada la empatía, ya sea autodidacta o aprendida de otros. Todos conocemos casos en nuestros colegios, cuando teníamos edad escolar, fuera cuando fuese aquello, de niños que insultaban a otros, ya fuera por estar gordo, por llevar gafas, por ser menos listos que el resto, o empollones, o tener algún defecto físico. No es nuevo, repito, lo que sí ocurre es que ahora, con las redes sociales y con el mundo más pequeño, los insultos llegan más lejos y, de ahí, que tengamos la apariencia de que duelen más, aunque no sea cierta.
              Como buenos españoles que somos, ahora tenemos que buscar a los culpables, que, por supuesto, no somos nosotros. Los padres querrán imputarle la muerte de su hija a los niños maleducados, a los profesores, al director del instituto, al inspector de educación, a la policía y al sursum corda. Jamás, de ello estoy seguro, llegarán a la conclusión que para mí es la más obvia: la culpa es de la niña y de ellos mismos. Sé que es muy duro decir algo así, pero las verdades lo son, independientemente de a quién duelan. La sociedad también es culpable, cómo no, pero no por lo que se cree, sino por permitir que los padres eduquen a los niños de la forma en que lo están haciendo. Si digo que la culpable en primera instancia es la niña, angelito, es porque la decisión de suicidarse fue exclusivamente suya, de nadie más. Por mucho que pensemos que sólo tenía trece años, debemos recordar que es una edad en la que ya podría ser madre y que si la naturaleza lo permite, será por algo. No era infrecuente, en sociedades pasadas, que las niñas de esas edades ya estuvieran casadas e, incluso, que fueran madres. Nuestra sociedad ha retrasado todo lo posible la maduración de los niños y hoy en día podemos considerar que una persona no está completa hasta cerca de los treinta años, cosa que me parece una barbaridad. Recuerdo el caso de Alejandro Magno, que aún no había cumplido los dieciocho años cuando estaba comandando un ala del ejército de su padre en la batalla de Queronea. Hoy en día, con esa edad, no te permiten ni tirar un papelito inútil a la papelera precintada conocida como urna electoral.
              Pero no sólo eso, sino que los padres actuales no saben educar a sus hijos, cosa que ya he dicho en más de una ocasión. Creen que su responsabilidad acaba cuando los traen al mundo, dejando que sean los demás los que les dediquen su tiempo, pues ellos carecen de él. En cambio, para que no se quejen, les dan todo lo quieren, incluso, algunas veces, lo que no quieren. Así, aparte de tener teléfono móvil desde los siete años; un ordenador personal en su propia habitación, sin control supervisado; mando absoluto de los medios de comunicación del hogar, no sólo la televisión, sino también acceso a Internet permanente y cosas por el estilo, les dejamos que, en esa difusa edad de la preadolescencia, sin haberles preparado para ello, vuelvan a casa a horas intempestivas, habiéndose pimplado una botella de vodka o de whiskey.
             De tal forma, y habiendo fracasado de forma absoluta en la educación de sus hijos, los padres los dejan a su aire, careciendo éstos de lo que ya una vez denominé «tolerancia al fracaso», aunque tampoco es que yo sea el primero en decirlo. Pero es así, y lo sabemos por la Historia. Los grandes triunfadores, es decir, militares, letrados, científicos, inventores, etc, de la Historia, lograron sus éxitos en un habitual camino de fracasos. De fracaso en fracaso hacia el éxito final. Raro es el caso de un triunfador desde temprana edad, porque lo que más enseña a alguien es un fracaso, jamás un éxito, excepto para seres con una capacidad de autoanálisis fuera de lo común, que tampoco es que hayan abundado. Así, los niños de hoy en día no saben lo que es que algo les sea negado, y no saben cómo comportarse cuando algo no sale según sus propias previsiones. Y en el caso que nos ocupa, los niños actuales no son capaces de soportar los insultos ajenos. No es que sea de buen gusto tragárselos, pero no te queda otra cuando eres el objetivo de algún desalmado, porque las alternativas son mucho peores.
             Nada de lo que estoy comentando sirve para nada, en un mundo donde las adolescentes de apenas dieciséis años ya comienzan a retocarse las partes que no les gustan en el quirófano, sin dejar tiempo a que la naturaleza haga su trabajo, porque lo más importante no es cómo es uno, sino cómo te ven. La autoestima es un término que ha quedado sólo para los psicólogos, porque en el momento que sólo se ve reforzada por lo que te digan los demás, ya no es «auto». Y en esto, como en lo otro, quien puede resolverlo desde que son unos niños muy pequeños son los padres. Si escurren el bulto y dejan el trabajo para otros profesionales que, por muy bien que lo intenten hacer, nunca lo harán con el cariño y el cuidado que pueden tener los propios progenitores, el fracaso de la educación de esos niños estará más que asegurado.
             Aunque a mí el problema no me toque de cerca, sí formo parte de esta sociedad en la que los adultos del mañana están recibiendo una infraeducación galopante, por lo que serán personas carentes de valores y con más trastornos de los habituales. Miedo me da...

             El Condotiero

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Susto o muerte

             Pues sí, parece ser que muchos se han llevado el gran susto de su vida una semana después de Halloween, y no precisamente por mediación de un payaso diabólico... ¿o sí?
             El caso es que las élites de la sociedad ven con malos ojos la elección de Trump por parte del pueblo norteamericano. De hecho, el mismo Ibex ha caído tres puntos nada más abrir sus puertas, con la noticia aún fresquita. Y es que parece que Hillary iba a cambiar el mundo a mejor, o al menos eso querían hacernos creer. Los «expertos» preguntados, todos, alucinan y se llevan las manos a la cabeza: ¿cómo ha sido posible tal despropósito? ¿Acaso el electorado norteamericano, quizá el más experimentado del planeta, no sabe lo que hace? ¿Qué ocurrirá a partir de ahora?
             Bien, son muchas preguntas y a lo que se deberían dedicar esos «expertos» es a analizarlas con profundidad y buen juicio, en lugar de decir tantas tontunas como estoy escuchando. En primer lugar habría que decir que realmente no estoy seguro de que sea un despropósito. Muchos electores han optado por el «ani-mal menor», parafraseando a Jack Aubrey en Master and Commander. Si te dan a elegir por apostar a quién ganaría en una carrera de cien metros lisos, tú querrías hacerlo por Usain Bolt, apuesta segura, pero si las opciones que te dan son entre el Cojo Manteca y una tortuga, las cosas cambian, ¿verdad? Pues eso mismo ha ocurrido en EEUU. No estoy del todo seguro que Hillary Clinton fuera mejor opción que Donald Trump, y no había otra posibilidad, por lo que era o la sartén o el cazo. De Trump han dicho de todo, pero me gusta en particular que sea proclive a sospechar de los informes gubernamentales sobre el 11-S, que estuviera en contra de la invasión de Irak, con todo lo que ello ha conllevado (inestabilidad general de la zona, aumento desmesurado del Islamismo, creación y consolidación del DAESH, etc), y que también haya criticado otras actuaciones hegemónicas del gobierno norteamericano. Por contra, la Hillary de la que todos hablan tan bien ha estado a favor de varias de las más sonadas cagadas exteriores de EEUU, como la ya mencionada invasión de Irak, la de Afganistán, el bombardeo de Serbia, el apoyo a la Primavera Árabe, etc... De hecho, si las figuras fuertes del republicanismo norteamericano han sido conocidas como los halcones, ella se ha ganado el sobrenombre del Halcón Demócrata, y por algo será.
             ¿Y por qué el electorado norteamericano, el más experimentado del planeta, ha cometido semejante error? Y digo que es el más experimentado porque, al fin y al cabo, es el que más años lleva eligiendo a sus representantes, no por otra cuestión. Habría que ver si el fallo del electorado es un error o no y para quien. Lo que los periodistas que se tiran de los pelos no llegan a comprender es que la población de la Civilización Occidental está muy cansada. No deberían, de ninguna manera, creer que los norteamericanos sean ahora populistas, o que los europeos sean neonazis, habida cuenta del ascenso de la ultraderecha europea, o que los españoles seamos trotskystas porque un partido como Podemos haya subido como la espuma en sólo un par de años. No, lo que los miembros de la cada vez más deprimida clase media occidental está cansada es de «más de lo mismo». La clase media es la que sufre los recortes; la que se ve abrumada por la presión fiscal, mientras los potentados, tanto políticos como empresariales meten su dinero en lugares como Panamá y Andorra; la que ve cómo sus impuestos son lapidados sin compasión sin que lleguen a revertirle de una forma ecuánime; la que ve cómo su capacidad adquisitiva va disminuyendo de forma gradual, mientras que proporcionalmente las grandes empresas y los grandes empresarios aumentan su poder económico sin freno alguno, puesto que los controles políticos que deberían equilibrar la balanza están rendidos a sus pies. ¿Qué quieren, pues, las fuerzas vivas de nuestra civilización, que también dominan la prensa? ¿Quieren que sigamos sin más votando a los mismos?, ¿para que sigan haciendo lo mismo? No, y deben dar gracias que no salimos a la calle reivindicando la era de las guillotinas. Hacemos lo que podemos, y es votar a alguien que quizá, y sólo quizá, no haga lo mismo que los anteriores. A ver si me comprenden, en principio entre Dios y el Diablo, prefiero a Dios, pero si éste me fustiga a cada minuto, probaré con el otro. Total, de perdidos al río.
             Pues esto tan sencillo parece ser que los «expertos» y demás analistas no son capaces de ver: el hastío de la baja clase media autóctona de los países occidentales.
              Terminando ahora con la última pregunta, ¿qué ocurrirá a partir de ahora? Pues desgraciadamente creo que nada. El sistema está tan bien montado, de forma que un loco no pueda hacerse con todas las riendas del poder de una nación, que su figura ha quedado casi en nada. Sería exagerar decir que Trump mandará menos que yo, pero... Recordemos todo lo que quería hacer Obama, que hasta recibió un Nobel de la Paz por sus intenciones, y que después de ocho años se ha quedado todo en aguas de borrajas. No, tranquilos, Trump no hará nada de nada, para bien o para mal, puesto que el sistema no se lo permitirá. Eso sí, le vendrá muy bien el carguito de cara a sus futuros negocios. Pero nada más.
             Resumiendo, que es gerundio y hay a los que les molesta, pues que los ricos pueden estar tranquilos porque seguirán siéndolo y los pobres continuaremos con nuestro enchabolamiento dirigido. Es lo que nos queda, puesto que peor sería que llegase un iluminado que cambiara las cosas, nos metiera en una guerra contra los enemigos de Occidente y acabáramos siendo carne de cañón, puesto que, no lo olvidemos, por mucho que en apariencia cambien las cosas, los ricos y sus hijos siempre se acaban librando de esos marrones, mientras que los demás somos los prescindibles de la población.

              El Condotiero

miércoles, 26 de octubre de 2016

Involución o de cómo las neuronas disminuyen entre nuestros políticos

             Y es preocupante, oiga, porque queramos o no son ellos los llamados a gobernarnos. Que es evidente que el PSOE no está para gobernar nada, ni siquiera a sí mismo, pero al menos debería ocupar el puesto que los votantes le han otorgado, que no es otro que el del principal partido de la oposición, y hacerlo con la mayor dignidad posible y la mayor eficacia deseable.
             Todos sabemos a estas alturas que nuestros políticos no son lo mejorcito que hay en la Europa occidental, pero el circo que han montado y siguen montando es para pensarse aquello de la involución. Claro, es que cuando Darwin pensó en el método usado por la Naturaleza para adecuar la Evolución en plantas y animales no cayó en la cuenta que existía ya un animal, el Hombre, que se pasaba sus leyes por el arco del triunfo. No sólo los menos cualificados de la especie no tienden a desaparecer, sino que los aupamos a puestos de mayor poder, donde enchufan a sus seres más cercanos, iguales de torpes al parecer, por lo que serán los que más se reproduzcan, involucionando 100.000 años de logros humanos.
             Y no lo digo por decir. El PSOE es un partido político con mucha historia, con sus aciertos y sus errores, unos más y otros menos, dependiendo del pie con el que cojee el que lo lea, pero nadie puede decir que no sea un partido que haya luchado por la democracia española, primero poniendo su granito de arena en la época de la Transición Democrática y después perdiendo a mártires políticos en guerra abierta contra gentuza como los etarras. Pero lo que está ocurriendo en los últimos tiempos es deleznable desde todos los puntos de vista. Que los políticos de un partido se tiren los trastos a la cabeza es, hasta cierto punto de vista, normal. Siempre ha ocurrido y siempre sucederá. Recuerdo ahora una frase atribuida al genial parlamentario británico del S.XIX Benjamín Disraeli, que, a una pregunta sobre sus enemigos sentados en la bancada frente a él, el mismo contestó: «no se confunda, caballero, los que tengo frente a mí son mis adversarios, puesto que mis enemigos están sentados justo detrás de mí».
             De esta forma podemos ver que la lucha de poderes en los partidos políticos no es algo nuevo, incluso es algo bueno que puede hacer que las facciones dentro de un partido estén acostumbrados a la lucha dialéctica y, así, no se queden anquilosados en sus puestos de poder. Aunque siempre haciéndolo de la manera más solapada posible. Es evidente que nadie llega a presidente de un partido sin haber dejado por los escalones montones de cadáveres políticos, pero de ahí a hacerlo tan públicamente como lo está haciendo este PSOE, que incluso logra hacer que se tambalee la democracia española, hay un buen trecho.
             Lo último, la que están montando entre las distintas facciones por el tema de la abstención. Se están metiendo en un fregao que a ver cómo salen de él. Algunos quieren seguir con su idea del «no», por ganar réditos políticos ante sus votantes, como los socialistas catalanes, mallorquines y gallegos. Otros querrán seguir anclados en su «no» por ideas trasnochadas que nada tienen que ver con la democracia. Pero están en su derecho y obligarles a que se abstengan puede ser un error, ya que si no se atienen a la disciplina del partido las consecuencias pueden ser bastantes nocivas para el mismo PSOE. ¿Qué podría ocurrir? Si los echan del grupo parlamentario socialista, que es lo que tendrían que hacer si quieren mantener su estatus de poder, pasarían al grupo parlamentario mixto, por lo que en esta legislatura perdería el PSOE su posición de principal partido de la oposición, quedando por detrás de Podemos en número de diputados, con lo que el famoso «sorpasso» tendría lugar finalmente.
             Con esto podemos observar que el problema no tiene fácil solución, excepto la que yo he pensado, que al parecer a ningún magnífico gerifalte socialista se le ha ocurrido. Puestos a necesitar que Rajoy sea investido presidente por la mínima, sin mayoría absoluta y debiendo negociar todas y cada una de las leyes que el PP quiera sacar a relucir durante esta legislatura, situación nada mala para un PSOE que necesita como agua de mayo estos próximos cuatro años para su reestructuración, y que tampoco el PSOE pueda rendirse con armas y bagajes, sino dando una imagen de fortaleza como debiera ser en un partido abocado a dirigir la oposición parlamentaria, no veo el problema en que Susanita, como persona de gran influencia, junto con sus más allegados, convenzan a once parlamentarios socialistas para que se abstengan... pongamos quince, para mayor seguridad, anunciando posteriormente que el PSOE dará libertad de voto a sus parlamentarios a la hora de la investidura de Rajoy. Éste no necesita de la abstención de los 85 parlamentarios socialistas, le basta sólo el número propicio para que los «síes» sean más numerosos que los «noes» en una segunda ronda de votaciones. ¿Cuál es el problema? Ninguno. ¿Por qué a nadie se le ha ocurrido? Por el tema de la involución, seguro. ¿Por qué están todos ellos cobrando miles de euros a finales de mes y yo comiéndome los mocos? Creo que va a ser de nuevo por el tema de la involución...

             El Condotiero

miércoles, 5 de octubre de 2016

La cultura de la violencia

             En estos días que nos rodean, donde el tema recurrente de conversación es la caída al precipicio de Pedro Sánchez y su PSOE, yo me niego a tratar sobre él, precisamente porque me violenta. En cambio, mi deseo es divagar por algo que últimamente me preocupa bastante, y es la violencia que se está imponiendo a las formas. No una violencia física, que en ocasiones también, sino una violencia generalizada, en todos los ámbitos de nuestra vida, sin la cual es más que difícil sobrevivir en la sociedad actual. Lo increíble, lo realmente increíble, es que después de tantísimas etapas en la evolución humana y con tanta legislación que tenemos, parece como si en lugar de avanzar hacia una sociedad donde todos, y todas, no vaya a ser que alguien se me violente, pudiéramos convivir de forma pacífica con nuestros vecinos, estuviéramos involucionando y volviendo a la edad de las cavernas, donde el más fuerte hacía su voluntad.
             Como digo, vengo un tiempo observando que con buenas palabras no se llega a ningún sitio. Olvidaos ya de todo aquello que os enseñaron vuestros padres y analizad el mundo de hoy en día. Para ello no hace falta irse muy lejos, sólo con ir a la tienda de debajo de vuestra casa o coger el teléfono por una llamada recibida podréis confirmar de lo que os hablo. La inmensa mayoría de la gente se ha creado un escudo contra las buenas costumbres y la buena educación. Es casi imposible conseguir algo con buenas palabras, intentando llegar a entenderse con civismo y elocuencia. Si deseas que te hagan caso y no te tomen por el pito del sereno, lo mejor es hablar malsonante, para que tu interlocutor no confunda educación con debilidad; con un par de decibelios de más, no vaya a ser que confunda comedición con inseguridad; y de forma amenazadora, para que te escuche con atención y no crea que eres un pagafantas. Así, por lastimoso que parezca, mi experiencia de los últimos tiempos me ha enseñado que la única forma de que te tomen en serio es ir amenazando a todo el que se te cruza y no hay mejor frase que aquélla de «que estoy mu loco».
             Y no vayan a creer esto último de mí, puesto que si lo piensan bien es la absoluta verdad. ¿Cómo queremos, por tanto, que el mundo vaya bien si para cualquier tontería nos vemos obligados a sacar nuestro lado más violento?
             Llevo varios años ya flipando con lo que ocurre en EE.UU., con eso de las muertes indiscriminadas de afroamericanos, en español, negros, por parte de policías caucásicos, en español, blancos. Ha llegado la situación a tal punto que los mismos policías negros, en lugar de ponerse del lado de las víctimas de su misma raza, se dedican también a disparar primero y a preguntar después. ¿Y qué hacen las autoridades norteamericanas? Nada de nada. Siento decir esto, pero la minoría negra norteamericana no conseguirá arreglar el problema hasta que no salga a la calle y policía blanco, policía muerto. Es así, porque la violencia que se ha instalado en nuestra sociedad ha corroído todos los engranajes de ella. Hoy en día sería imposible un Mahatma Gandhi, aunque es probable que haya habido varios y los hayan masacrado, por imbéciles pacifistas.
             ¿Quién tiene la culpa de todo esto? Creo que es bastante complicado buscar un único culpable, porque en realidad todos tenemos nuestra pequeña parte de culpa. Desde los que ven cómo los violentos abusan de los más débiles en las escuelas y no sólo no hacen nada por evitarlo, sino que ríen las gracias; desde los que ven cómo se fraguan los acosos en los puestos de trabajo y no hacen nada, no vaya a ser que los siguientes sean ellos; desde que se instauró de forma desmesurada la cultura del «yo» en nuestra sociedad; desde los que compran las publicaciones amarillistas, en lugar de dejar que se pudran en los kioskos; desde los que ven programas de televisión donde se insultan unos a otros sin ton ni son, aunque sea puro teatrillo, pero algo queda; desde que programas como Gran Hermano se enseñorearon de la audiencia y los personajes más zafios y sociópatas son los que acaparan más seguidores; desde que los políticos dejaron de ser estadistas para luchar sólo por su puesto de trabajo... Hay tantos «desde que» que termina por ser aburrido, pero desde luego no ayudará a las siguientes generaciones, para que esto no siga ocurriendo, el que dejemos a nuestros hijos hacer con sus padres, vecinos y profesores lo que les dé la gana. Eso sí, hay coherencia por parte de los educadores, ya que les estamos educando para el mundo de hoy en día y en el que, supuestamente, van a vivir, porque sería contraproducente educar bien a tu hijo. Es lamentable, aunque cierto, que un niño bien educado será, con toda probabilidad, una víctima en el futuro. Para el mundo que estamos construyendo es necesario criar a los niños como auténticos tiranos que se porten como tales ante todo aquél que en el futuro se encuentren. Que el niño no será feliz en ese futuro no importa, porque ¿qué es la felicidad? ¿Se puede comprar? ¿Se puede robar al vecino? No, por lo tanto no vale nada.

             El Condotiero

lunes, 12 de septiembre de 2016

Los días de la Infamia

             El 8 de diciembre de 1941, Franklin D.Roosevelt pronunció un discurso donde anunciaba ante el Congreso, y a todo el país, la situación de guerra en la que se encontraba EE.UU. con el Japón Imperial, después del ataque recibido, sin previo aviso, en la base de Pearl Harbour, el día anterior, al que calificó como «un día para la infamia». Desde entonces, aquel 7 de diciembre es conocido como «el día de la Infamia», tanto para los norteamericanos como para el resto de los occidentales, ya que en Europa somos bastante permeables a los dictados yankees.
             Si repasáramos la historia de EE.UU., observaríamos que aquél no fue su primer «día de la Infamia»: el 15 de febrero de 1898 una enorme explosión sacudía al USS Maine en el puerto de La Habana, hundiéndolo como una plancha, a la vez que se llevaba casi trescientos miembros de su tripulación al fondo. Todos sabemos lo que ocurrió después, que William Randolph Hearst, el magnate de la prensa americana, usó el episodio como acicate a la población estadounidense contra España, a la que humillaban constantemente en sus rotativos diarios, culpándola del accidente ocurrido al malogrado acorazado, siendo una de las excusas por las que finalmente EE.UU. declaró la guerra a España unos meses después, cuyo verdadero objetivo no era, ni mucho menos, apoyar a los rebeldes cubanos, sino hacerse con las últimas colonias de un desvencijado país europeo. Así, en esa guerra no sólo terminamos perdiendo Cuba, sino también Puerto Rico, Filipinas y varias islas del Pacífico, algunas de ellas vendidas con posterioridad a Alemania, al no tener sentido ya para nuestra patética nación. Islas del Pacífico que luego arrebataría Japón a Alemania en el marco de la Primera Guerra Mundial y sobre las que se dejarían la vida montones de jóvenes norteamericanos, después del «segundo día de la Infamia». ¡Lo que son las cosas!
             Ni siquiera los intrigantes gobernantes norteamericanos fueron capaces de planear un evento tan oportuno como la explosión del susodicho acorazado, aunque luego fueron lo suficientemente retorcidos para usar dicha explosión en su propio beneficio, manipulando a la población de su país contra España, país al que por otra parte debían gran cantidad de cosas, entre ellas su independencia.
            La población norteamericana era enormemente proclive al aislacionismo, casi seguro por carecer de unas raíces nacionales profundas y por provenir sus diferentes capas sociales de la inmigración europea. Los inmigrantes eran gente que buscaba nuevas oportunidades y querían desentenderse de los problemas que dejaban atrás, entre ellos los constantes conflictos bélicos que se vivían en Europa. Si algo sacaron en claro los gobernantes estadounidenses, tanto de la guerra hispano-estadounidense como de la Primera Guerra Mundial, es que la población de su país necesita de una clarísimo casus belli para poder dedicar sus esfuerzos a una guerra y para, más importante aún, reelegir al presidente belicista, porque, no lo olvidemos, EE.UU. sigue siendo una democracia.
             Así, Franklin D.Roosevelt y sus allegados, que tenían unas ganas locas de meterle mano a Japón y a la Alemania nazi, esperaron con paciencia infinita la ocasión, mientras iban fastidiando como podían a ambos países: a Alemania, con ingente ayuda militar al Reino Unido, apoyando sus convoyes con navíos de la Marina de EE.UU., navíos que Hitler prohibía a sus «lobos marinos» que fueran torpedeados, y a Japón, cortándole el suministro de petróleo y de otros minerales estratégicos, ahogándolo en su propia pobreza de recursos. No es que el ataque de Pearl Harbour fuera planeado por EE.UU., pero sí que había cierto número de personas que sabían lo que iba a ocurrir, incluso el día y la hora. La propia inteligencia norteamericana llevaba varios meses descifrando los mensajes de la Marina Imperial nipona, por lo que la propia tragedia que se viviría el 7 de diciembre de 1941 podría haber sido evitada. EE.UU. habría entrado en guerra de todas formas, pero si el ataque hubiera sido rechazado, o al menos minimizado, el odio de las bajas capas de población estadounidense no hubiera tenido lugar, y eran esas capas las que ofrecerían sus hijos para ser enrolados en los diversos ejércitos, las que trabajarían en las fábricas de armamento sin descanso y las que comprarían miles de millones de dólares en bonos de guerra. Total, después de todo sólo morirían 3.000 norteamericanos en el ataque a Pearl Harbour... y se destruiría un número bastante irrisorio de buques de guerra obsoletos, ya que, curiosamente, ninguno de sus modernos portaaviones estaba en ese momento en el puerto hawaiano... ¡Qué casualidad!
             Con todo esto, quiero ahora comentar, en el decimoquinto aniversario del 11-S, que no debemos olvidar los casos que he expuesto anteriormente. Como se demostró en la guerra de Vietnam, un país paupérrimo con una población irrisoria, EE.UU. puede vencer en cualquier guerra si su población lo da todo, pero de igual forma puede perder cualquier guerra si no está convencida de su misión salvadora o vengativa. En un mundo donde el principal enemigo, la URSS, se había desvanecido por sí solo, y en el que el petróleo parecía tomar cada vez más importancia, las altas jerarquías norteamericanas debían planear un golpe a partir del cual pudieran aposentar su hegemonía militar y moral. Los halcones que sobrevolaban a Bush, Ramsfield y Rice sobre todo, pergeñaron un ataque a suelo patrio que les daría todas las cartas de la baraja: un casus belli contra quienes ellos quisieran, sólo era cuestión de culpar al que ellos apuntasen con el dedo; el apoyo incondicional de la población norteamericana, necesario, como ya hemos visto, para ganar cualquier guerra; y la oportunidad de dictar nuevas leyes restrictivas con las que controlar de manera más precisa a esa misma población que debía apoyarles.
             Las mentiras del 11-S son tantas y tan increíbles que alucino con que la gente me llame «conspiranoico» mientras sigue viendo el Sálvame. No sé ya si es una cuestión de ceguera o es que quizá sea mejor vivir con la ignorancia, porque corazón que no ve, corazón que no siente.
             Como ya dije en su momento, sólo hay que hacer el doble ejercicio de «a quién beneficia» y el principio de la «navaja de Ockham», para darse cuenta de quién pudo perpetrar el atentado del 11-S. Pero no sólo eso, sino que también hemos sufrido la mayor crisis económica desde el «crack del 29» y también ha venido como un ataque de EE.UU., con la idea de despojar de su bienestar a la clase media y tenerla más agarrada por el cuello. Por último, un ejercicio de ingeniería financiera hizo posible la bajada a los infiernos de Grecia, con lo que se buscaba desestabilizar a la Unión Europea, gran competidora económica de los EE.UU.
             Evidentemente, es mejor pensar que estoy loco y seguir soñando con que los ricos sólo quieren repartir sus ganancias con los más necesitados y que los políticos y los gobiernos de los países occidentales sólo buscan el bienestar de sus electores, trabajando por y para ellos, con una generosidad y un altruismo que nos harían enrojecer. Pensad que eso es precisamente lo que ellos quieren que sintáis y os daréis cuenta que lo único que conseguís cerrando los ojos a la realidad es hacerles el juego. Aunque sólo sea para fastidiarles ese juego suyo, yo denuncio estos hechos, ya que reconozco que poco más puedo hacer.

             El Condotiero