lunes, 12 de septiembre de 2016

Los días de la Infamia

             El 8 de diciembre de 1941, Franklin D.Roosevelt pronunció un discurso donde anunciaba ante el Congreso, y a todo el país, la situación de guerra en la que se encontraba EE.UU. con el Japón Imperial, después del ataque recibido, sin previo aviso, en la base de Pearl Harbour, el día anterior, al que calificó como «un día para la infamia». Desde entonces, aquel 7 de diciembre es conocido como «el día de la Infamia», tanto para los norteamericanos como para el resto de los occidentales, ya que en Europa somos bastante permeables a los dictados yankees.
             Si repasáramos la historia de EE.UU., observaríamos que aquél no fue su primer «día de la Infamia»: el 15 de febrero de 1898 una enorme explosión sacudía al USS Maine en el puerto de La Habana, hundiéndolo como una plancha, a la vez que se llevaba casi trescientos miembros de su tripulación al fondo. Todos sabemos lo que ocurrió después, que William Randolph Hearst, el magnate de la prensa americana, usó el episodio como acicate a la población estadounidense contra España, a la que humillaban constantemente en sus rotativos diarios, culpándola del accidente ocurrido al malogrado acorazado, siendo una de las excusas por las que finalmente EE.UU. declaró la guerra a España unos meses después, cuyo verdadero objetivo no era, ni mucho menos, apoyar a los rebeldes cubanos, sino hacerse con las últimas colonias de un desvencijado país europeo. Así, en esa guerra no sólo terminamos perdiendo Cuba, sino también Puerto Rico, Filipinas y varias islas del Pacífico, algunas de ellas vendidas con posterioridad a Alemania, al no tener sentido ya para nuestra patética nación. Islas del Pacífico que luego arrebataría Japón a Alemania en el marco de la Primera Guerra Mundial y sobre las que se dejarían la vida montones de jóvenes norteamericanos, después del «segundo día de la Infamia». ¡Lo que son las cosas!
             Ni siquiera los intrigantes gobernantes norteamericanos fueron capaces de planear un evento tan oportuno como la explosión del susodicho acorazado, aunque luego fueron lo suficientemente retorcidos para usar dicha explosión en su propio beneficio, manipulando a la población de su país contra España, país al que por otra parte debían gran cantidad de cosas, entre ellas su independencia.
            La población norteamericana era enormemente proclive al aislacionismo, casi seguro por carecer de unas raíces nacionales profundas y por provenir sus diferentes capas sociales de la inmigración europea. Los inmigrantes eran gente que buscaba nuevas oportunidades y querían desentenderse de los problemas que dejaban atrás, entre ellos los constantes conflictos bélicos que se vivían en Europa. Si algo sacaron en claro los gobernantes estadounidenses, tanto de la guerra hispano-estadounidense como de la Primera Guerra Mundial, es que la población de su país necesita de una clarísimo casus belli para poder dedicar sus esfuerzos a una guerra y para, más importante aún, reelegir al presidente belicista, porque, no lo olvidemos, EE.UU. sigue siendo una democracia.
             Así, Franklin D.Roosevelt y sus allegados, que tenían unas ganas locas de meterle mano a Japón y a la Alemania nazi, esperaron con paciencia infinita la ocasión, mientras iban fastidiando como podían a ambos países: a Alemania, con ingente ayuda militar al Reino Unido, apoyando sus convoyes con navíos de la Marina de EE.UU., navíos que Hitler prohibía a sus «lobos marinos» que fueran torpedeados, y a Japón, cortándole el suministro de petróleo y de otros minerales estratégicos, ahogándolo en su propia pobreza de recursos. No es que el ataque de Pearl Harbour fuera planeado por EE.UU., pero sí que había cierto número de personas que sabían lo que iba a ocurrir, incluso el día y la hora. La propia inteligencia norteamericana llevaba varios meses descifrando los mensajes de la Marina Imperial nipona, por lo que la propia tragedia que se viviría el 7 de diciembre de 1941 podría haber sido evitada. EE.UU. habría entrado en guerra de todas formas, pero si el ataque hubiera sido rechazado, o al menos minimizado, el odio de las bajas capas de población estadounidense no hubiera tenido lugar, y eran esas capas las que ofrecerían sus hijos para ser enrolados en los diversos ejércitos, las que trabajarían en las fábricas de armamento sin descanso y las que comprarían miles de millones de dólares en bonos de guerra. Total, después de todo sólo morirían 3.000 norteamericanos en el ataque a Pearl Harbour... y se destruiría un número bastante irrisorio de buques de guerra obsoletos, ya que, curiosamente, ninguno de sus modernos portaaviones estaba en ese momento en el puerto hawaiano... ¡Qué casualidad!
             Con todo esto, quiero ahora comentar, en el decimoquinto aniversario del 11-S, que no debemos olvidar los casos que he expuesto anteriormente. Como se demostró en la guerra de Vietnam, un país paupérrimo con una población irrisoria, EE.UU. puede vencer en cualquier guerra si su población lo da todo, pero de igual forma puede perder cualquier guerra si no está convencida de su misión salvadora o vengativa. En un mundo donde el principal enemigo, la URSS, se había desvanecido por sí solo, y en el que el petróleo parecía tomar cada vez más importancia, las altas jerarquías norteamericanas debían planear un golpe a partir del cual pudieran aposentar su hegemonía militar y moral. Los halcones que sobrevolaban a Bush, Ramsfield y Rice sobre todo, pergeñaron un ataque a suelo patrio que les daría todas las cartas de la baraja: un casus belli contra quienes ellos quisieran, sólo era cuestión de culpar al que ellos apuntasen con el dedo; el apoyo incondicional de la población norteamericana, necesario, como ya hemos visto, para ganar cualquier guerra; y la oportunidad de dictar nuevas leyes restrictivas con las que controlar de manera más precisa a esa misma población que debía apoyarles.
             Las mentiras del 11-S son tantas y tan increíbles que alucino con que la gente me llame «conspiranoico» mientras sigue viendo el Sálvame. No sé ya si es una cuestión de ceguera o es que quizá sea mejor vivir con la ignorancia, porque corazón que no ve, corazón que no siente.
             Como ya dije en su momento, sólo hay que hacer el doble ejercicio de «a quién beneficia» y el principio de la «navaja de Ockham», para darse cuenta de quién pudo perpetrar el atentado del 11-S. Pero no sólo eso, sino que también hemos sufrido la mayor crisis económica desde el «crack del 29» y también ha venido como un ataque de EE.UU., con la idea de despojar de su bienestar a la clase media y tenerla más agarrada por el cuello. Por último, un ejercicio de ingeniería financiera hizo posible la bajada a los infiernos de Grecia, con lo que se buscaba desestabilizar a la Unión Europea, gran competidora económica de los EE.UU.
             Evidentemente, es mejor pensar que estoy loco y seguir soñando con que los ricos sólo quieren repartir sus ganancias con los más necesitados y que los políticos y los gobiernos de los países occidentales sólo buscan el bienestar de sus electores, trabajando por y para ellos, con una generosidad y un altruismo que nos harían enrojecer. Pensad que eso es precisamente lo que ellos quieren que sintáis y os daréis cuenta que lo único que conseguís cerrando los ojos a la realidad es hacerles el juego. Aunque sólo sea para fastidiarles ese juego suyo, yo denuncio estos hechos, ya que reconozco que poco más puedo hacer.

             El Condotiero

miércoles, 10 de agosto de 2016

Los egos y las egas

             Pues sí, señores, lo que creo que está ocurriendo en España desde aquel 20 de diciembre de 2016 es una lucha de egos (y de egas, para que no se me enfaden ciertos sectores de población con poco conocimiento pero mucha indignación uterina). La verdad es que a ninguno de nuestros «magníficos» políticos les importa un cuerno el bienestar del país y de su gente, sólo les interesa el poder que puedan llegar a acumular y el silloncito sobre el que puedan posar sus posaderas, valga la redundancia.
           En este verano, a ningún español le importa un pimiento la cuestión de la gobernación de nuestro país, más pendientes de sus vacaciones, del calor inaguantable que estamos sufriendo o, algunos, del escaso rendimiento de los deportistas españoles en Río de Janeiro, posiblemente contagiados por el pobre rendimiento de nuestros políticos. También podría ser una cuestión de hastío, además del estío, ya que los españoles hemos ido a la las urnas en dos ocasiones para absolutamente nada, excepto gastar un montón de millones de euros, y nadie es capaz de asegurar si volveremos a ir en un futuro cercano.
           Y esto es algo lógico cuando los ciudadanos no vemos interés ninguno por parte de nuestros políticos en salir de la situación que ellos mismos han creado. Si tuviesen el más mínimo interés por echar a Rajoy (excepto Rajoy, claro), lo que harían sería abstenerse en la investidura del mismo. Sí, no estoy loco. Lo mejor es dejarle que gobierne, que al fin y al cabo es lo que han decidido los españoles, aunque no en su mayoría, pero hacerle frente en las posibles medidas que quiera tomar durante el resto de la legislatura. Al no tener mayoría absoluta en la cámara de representantes, no podría legislar a golpe de maza, sino que ahí sí que debería llegar a acuerdos puntuales, de forma que las leyes que sacaran adelante estarían consensuadas entre varios grupos políticos y, así, dejarían de ser armas arrojadizas para posteriores legislaturas alternantes.
           Porque no debemos olvidar que ésta está siendo la legislatura más larga de la democracia española, que ya va por casi cinco años. De acuerdo que el gobierno está en funciones, pero aunque él no gobierne, tampoco lo hacen otros. ¿Hasta cuándo quieren el resto de partidos prolongar el mandato de Rajoy? De seguir así, puede convertirse en nuestro presidente eterno, pifia electoral tras pifia electoral, con el hándicap de que cada una de ellas el PP gana más votos, quizá porque el españolito de a pie opine que es mejor tener un mal gobierno que no tener ninguno.
           ¿Y cuál es el problema para que esto tan sencillo no sean capaces de verlo ni Sánchez, ni Iglesias ni Rivera? Volvemos a lo del ego. Para algunos de ellos sería cavar su propia tumba el abstenerse a la investidura de Rajoy, ni que decir tiene el dar el «sí» a ella. Sobre todo uno que para no dar demasiadas pistas diré que su apellido comienza por «Sán» y termina por «chez». ¿Qué importancia tiene el bienestar del país cuando uno se juega su propio culo? Pero no sólo el suyo, sino el de todo aquél que lo rodea, porque cuando un líder cae, su séquito muere con él, casi como los antiguos jefes tribales celtas. Ésa es la razón por la que los líderes de los partidos no se sienten solos ante sus estúpidas posiciones políticas, ya que siempre tienen furibundos acólitos que los adoran cual Primigenio emergente.
           En fin, sé que esto que digo no es nada nuevo y todo el mundo lo reconoce como dogma, pero es algo que nadie les dice a la cara y los pone en su sitio. Mientras esperamos la siguiente sesión circense, voy a poner el ventilador y a ver la siguiente derrota de la ÑBA contra Las Islas Vírgenes Perdidas de la Mano de Dios, que aunque sólo hayan venido con tres jugadores, al menos creen en el país al que representan.

           El Condotiero

sábado, 16 de julio de 2016

Estamos en guerra, ¿y qué?

             La mayoría de la población española que vive hoy en día ha nacido en los últimos tiempos del Franquismo o ya con la democracia, por lo que no conoce el fenómeno de la guerra. Es una palabra que asusta por todo lo que arrastra tras ella, pero sobre todo por lo desconocida que nos parece. Lo que no creo que sepa la gente es que realmente la situación de paz es lo extraño en nuestra historia, siendo casi excepcional, ya que, en los 524 años que tiene nuestro país, muchos más de la mitad ha estado involucrado en alguna guerra. La disputa es el estado natural del hombre, ya sea dentro de una comunidad de vecinos, en las luchas internas en las empresas, o, formando sociedades, en guerras entre países. Es de lo más normal, siempre lo ha sido y siempre lo será. El hombre es así y no podemos cambiarlo. Que hoy en día los combates son económicos en canchas financieras y no en campos de batallas no hacen las guerras menos cruentas.
           Dicho lo cual, repito lo que he escrito en el título de esta entrada: «estamos en guerra». Que no haya sido declarada no la hace menos guerra, aunque si escuchamos a ciertos iluminados religiosos, sí que ha sido declarada. Sólo hay que echar un vistazo a cualquier periódico de los últimos años y darse cuenta de la escalada brutal de violencia que se está produciendo en el mundo. Pero no es la única guerra, lo que ocurre que la violencia es la única arma que ciertos sectores de la población tienen para combatir, puesto que las armas financieras les resultan totalmente prohibitivas.
           Cuando escribimos Historia nos encanta ser subjetivos y buscar las justificaciones posibles para dictaminar qué bando era el «bueno» y cuál el «malo», tergiversando los hechos a nuestro beneficio. Por lo tanto no es cuestión de buscar qué bando es qué, ya que si estamos nosotros involucrados, evidentemente nosotros somos los «buenos», simplemente por una cuestión de supervivencia moral, aunque no sea del todo cierto. Así zanjamos pronto las razones que puedan tener los yihadistas para hacer lo que hacen. No importa sus razones, nos atacan a nosotros y a nuestra forma de vida y con eso es ya suficiente para tildarlos de «malos» en la Historia que escribimos a diario, aunque ellos no hagan otra cosa diferente a lo que les hacemos nosotros en sus países.
           Dicho esto, parece difícil ponerse a intentar esclarecer las razones de las guerras actuales. No son diferentes de las razones de los últimos dos mil años, y me refiero al monoteísmo. No quiero decir que cuando existían sociedades hegemónicas politeístas las guerras no se produjeran, pero sí que es verdad que no había un caldo de odio subyacente. Los monteísmos, desde sus primeras apariciones, con el dios Atón amarniense, han sido destructores de per se. Después, con la llegada del Cristianismo y finalmente con el Islamismo, las guerras han sido más continuas y mucho más intransigentes. Hoy en día pensamos que es el Islamismo la religión que se lleva la palma en lo que se refiere a intransigencia y odio, porque la comparamos con nuestro cristianismo actual, que después de dos mil años ha aprendido a convivir con el resto de creencias. Pero estamos totalmente equivocados, ya que el cristianismo que nos ha quedado, en occidente, ha dejado prácticamente de ser una religión para convertirse en algo parecido al folclore. En occidente hemos cambiado al Dios de la Biblia y al Jesucristo de las Sagradas Escrituras por el Dios Dólar, o por el Dios Euro. Ésa es la auténtica religión de Occidente y no otra, y en aras de esos nuevos dioses sí que masacramos pueblos enteros, destruyendo su presente y su futuro. Si alguien no me cree, que revise bien lo que hacemos en el mundo por conseguir petróleo, coltán, árboles amazónicos, diamantes, oro, prendas baratas, etc.
           Puesto que nosotros somos los «buenos» en esta guerra, al estar involucrados, no porque la razón nos asista, debemos pensar qué hacer para poder ganarla. Nadie entra en una guerra para perderla. Creo que todos sabemos cuáles son las medidas que debemos tomar para ganarla: expulsión de los musulmanes que viven en Europa, prohibición de todo lo que huela a Islamismo, destrucción de todas las mezquitas, etc. ¿Por qué no lo hacemos entonces? Es evidente que no lo hacemos porque en el fondo sabemos que no somos los que llevamos la razón en esta guerra y porque sabemos que, aunque nos maten a 84 personas con un camión, las pérdidas son insignificantes comparadas con las ganancias que obtenemos colonizando económicamente (o robando directamente) a los países de los que surgen los iluminados que sacrifican sus vidas contra su enemigo Occidente. Y no nos llevemos las manos a la cabeza por esto que he dicho, ya que no hace tanto tiempo que gaseábamos a millones de personas o arrasábamos centenares de hectáreas urbanizadas por bombardeos terroristas en la propia Europa. Lo que la Segunda Guerra Mundial nos enseñó a Europa fue a dejar de matarnos entre nosotros y dirigir nuestra mirada a países más subdesarrollados e infinitamente más fáciles de pisotear. Las ganancias son mayores y las consecuencias son mucho menores. Que de vez en cuando nos matan a 84 ciudadanos, no pasa nada; lloramos un poquito, les hacemos algunos homenajes y sanseacabó. Todo el mundo contento porque seguimos pudiendo usar nuestros móviles, viajar a donde queramos y nuestras neveras siguen repletas. Eso sí, como siempre nuestros queridos gobiernos impondrán algunas leyes un poco más restrictivas para que podamos sentirnos algo más seguros, y además les daremos las gracias por ello. Un esclavo agradecido jamás intentará quitarse las cadenas y combatir por su libertad. Está claro que el Homo Sapiens Sapiens sigue evolucionando, aunque la pregunta que me da miedo formular es ¿hacia dónde?
           Si la verdad duele y esta entrada te ofende, te pido perdón y te invito a ver el Sálvame y a continuar ciego ante lo que ocurre a tu alrededor.

           El Condotiero

martes, 28 de junio de 2016

Democracia a la carta

             Después de mucho pensármelo, o poco, ¿quién sabe?, acabé votando y acabé votando a Podemos. Ya he repetido en varias ocasiones que jamás he sido comunista ni lo voy a ser, y realmente estoy en contra de muchas de las posiciones políticas de Podemos, pero creo que lo hice más por venganza personal que por otra cosa. Sí, porque los españoles se merecen poco más que mi absoluta indiferencia. No, no se equivoquen, no lo digo por el resultado de las elecciones, que en nada va a cambiar lo que está pasando en nuestro país, ya que el cambio de sillones en el hemiciclo no va a afectar a España, en este caso, el no cambio de sillones. No creo para nada en los políticos, del signo que sean, puesto que todos buscan lo mismo: perpetuarse en el poder aquél que lo tenga, o encaramarse a él aquél que no.
              Esta entrada está más bien dirigida a mis supuestos compañeros de voto, a muchos de los que votaron a Podemos, que son de izquierdas, cosa que yo no. Si rascas debajo de un izquierdista, es fácil encontrar a un estalinista, o casi. Sé que lo que digo parece fuerte, pero es lo que pienso, y lo pienso por las burradas que he escuchado y he leído a los simpatizantes de Podemos, o Unidos Podemos, en este momento. Muchos de ellos han despotricado de los resultados de las elecciones de manera desaforada, tildando de imbéciles a los votantes, o de ineptos, o de «viejos aburridos». Suele pasar con los izquierdistas más izquierdosos que siempre tienen las palabra «democracia» en la boca, siempre están protestando de la poca democracia y transparencia que hay en España, pero cuando la misma democracia los pone en su lugar, tachan a la gente que no los ha apoyado de todo menos de bonita. Y debemos dar las gracias a esa misma democracia que evita que se enfaden, tomen los edificios de televisión y bombardeen el Congreso con el crucero Aurora (gracias también a que Madrid no da al mar, todo sea dicho).
             Lo mismo he escuchado con respecto al «Brexit», que cómo se le puede dejar a la gente, que no está preparada para ello, el tomar una decisión tan trascendental como ésa. Incluso en programas de radio, donde decían algo así como que un cirujano no pide opinión a los demás para operar, ya que él es el que está formado y tiene la experiencia necesaria para tomar las decisiones oportunas respecto a dicha operación.
              Pura demagogia, señores, o es que queremos volver al Despotismo Ilustrado, es decir, todo para el pueblo pero sin el pueblo. Quizá la solución sea algo más de inversión en educación, pero no sólo para los niños y adolescentes, sino para todas las capas de población. En una España donde triunfan los reality shows, el fútbol o Belén Esteban quizá sea pedir demasiado. Puede que ya haya varias generaciones perdidas, pero todavía quedan las más jóvenes, a las que podemos inculcar filosofía (ah, no, que la van a quitar de los colegios), la literatura (ah, no, que sólo se publican los libros de los autores mediáticos) o teatro (ah, no, que con el IVA cultural a los jóvenes les es imposible acudir por su altísimo precio)... Perdón, me he dado cuenta que no se puede hacer ya nada, que los mismos políticos que deberían procurar la autonomía intelectual de sus votantes son los que la evitan, tal vez para poder implantar ese Despotismo Ilustrado del que hablé antes.
              Esto podría tener otra lectura diferente, relacionándola con la entrada en la que hablaba de la felicidad del ignorante. En un mundo en el que es mejor para tu salud mental ver dibujos animados que las noticias, el ser humano dirige sus expectativas a ir pasando su vida minuto a minuto sin mojarse en nada ni ser útil para nadie.
             Pudiera ser que la idea inicial de tomar las televisiones y bombardear el Congreso con el crucero Aurora no sea tan mala, aunque haya que intentar meterlo en el Manzanares, que no sé yo... Pero todos sabemos cómo acaban siempre esas revoluciones llevadas a cabo por iluminados bienintencionados. Cuando alguien no está de acuerdo con la revolución, es pasado por el paredón, eso sí, por el bien de los demás, no vayamos a pensar mal.
              Recordad, de tildar a la población de no saber lo que le conviene y actuar en su beneficio al gulag hay muy pocos pasos. Repito, guardaos de los que quieren usar la democracia mientras les pueda convenir, porque debajo seguro que hay un tirano.

              El Condotiero

viernes, 24 de junio de 2016

¡Suelten lastre!

             Ésta es la orden que solía gritar el capitán cuando su barco zozobraba demasiado en una tempestad, con peligro evidente de hundimiento por hacer demasiada agua, ya que lo importante es mantener el gobierno y la velocidad para poder luchar contra los embates de las olas y dirigirlo contra ellas, evitando mayores daños. En una Europa que por momentos zozobra en tempestades como la crisis económica o la de los refugiados sirios, cuya dirección a veces no queda nada clara y donde muchos de sus miembros suelen remar a su propio ritmo, hemos tenido la ventaja que no ha habido necesidad de que nadie dé la orden: el lastre se ha soltado él «solito».
              Ya que eso es lo que siempre he considerado a Reino Unido dentro de la Unión Europea, un lastre. No porque su economía fuera pobre, ni porque sus habitantes estuvieran mucho peor preparados que el resto de europeos o porque careciese de infraestructuras suficientes, no, sino porque su idiosincrasia la ha hecho recelar de algo a lo que pertenecer sin que ellos fueran los que mandasen. Siempre han sido así, un pueblo ególatra y egoísta que se han creído superiores por haber gobernado el planeta durante casi 150 años. Pero eso ya pasó y, como el Imperio Romano, el Imperio Mogol o el Imperio Hispánico, es algo concerniente a la Historia, si bien es más reciente que estos últimos tres ejemplos, pero Historia al fin y al cabo.
             El Reino Unido no fue una de las naciones fundadoras de la Comunidad Europea, ya que fueron sólo seis: Francia, Italia, Alemania y el Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo). Yo supongo que al Reino Unido le daría algo de grima ver a los países europeos continentales unirse en una sociedad económica y, después de pensárselo mejor, decidieron unirse a esta nueva sociedad, no para hacer piña, que hubiera sido lo correcto, sino para desestabilizar, que es lo que han estado haciendo los últimos cuarenta años. Ésa ha sido siempre la estrategia británica con respecto al continente europeo: evitar que una nación se hiciera con la hegemonía, dañando de esa forma las posibilidades comerciales británicas, siempre en un peldaño superior al resto. Ellos estaban muy seguros en su isla, casi inconquistable, pero su debilidad terrestre les obligaba a unirse con el más débil contra la potencia creciente. Con el caso de la Unión Europea ha sido lo mismo, pero en lugar de luchar contra una sola nación, lo ha hecho contra una unión de naciones, y en lugar de en un campo de batalla, las batallas han sido en el Parlamento Europeo, y en lugar de luchar desde fuera, lo ha hecho desde dentro.
            Pero por fin se acabó. Ya no habrá más cortapisas británicas a las políticas europeas, ni habrá más intentos de beneficios para ellos dentro de la igualdad del resto, ni habrá más superioridades morales de la libra con respecto al euro. Se van y espero que sea para siempre. Que se queden con su reina, con su Big Ben y con su palacio de Westminster, que en Europa nos las sabremos arreglar sin ellos, o quizá no, pero tampoco es que nos fuesen a remediar nuestros errores.
             En un mundo que tiende a la unión, de una forma o de otra, la ruptura con los demás sólo puede verse como un anacronismo. La Unión Europea será lo que sea, pero hay que reconocer que en un mundo donde los franceses y los alemanes no se matan desde hace más de 70 años hay, al menos, cierta esperanza en el futuro.
             Lo que sí tengo claro es que a la Unión Europea le va a ir mejor sin el Reino Unido, puede que no inmediatamente, porque habrá que pasar el trago de desligarse con las islas, pero el horizonte está mucho más despejado. Lo que ya no puedo asegurar es que el futuro fortalecimiento de la Unión Europea, con sus políticas neoliberales, sea beneficioso para el común de los mortales. Ya lo veremos con el tiempo, aunque creo que siempre es mejor solucionar los problemas desde dentro.

              El Condotiero

lunes, 13 de junio de 2016

Capitalismo, reciescam in pace

             Yo siempre me he considerado de ideología capitalista, aderezada con una pizca de laborismo británico, o sea, lo que en el último siglo se ha denominado la Socialdemocracia, más o menos. Como ya dije en una entrada anterior, admiro el Comunismo, pero sólo en su vertiente teórica, puesto que el hombre es demasiado imperfecto para poder desarrollar semejante ideología con total honradez.
            Pero, ¿qué es realmente el Capitalismo? Hay muchas definiciones sobre tal forma de economía y muchas de ellas se ciñen según el lado ideológico en el que estén aquéllos que las den. Yo prefiero quedarme con esta explicación: «el Capitalismo es el modelo económico surgido en Europa a raíz del S.XVI y perfeccionado a lo largo del XIX y XX en el que las bases de producción se encuentran en el capital privado, dirigido esencialmente a la competencia de los mercados de consumo y regulado por las leyes gubernamentales».
           Así, en el Capitalismo el trabajador deja de ser esclavo o siervo y se convierte en un asalariado, pasando a ser otro bien comercial. Teniendo en cuenta que el Capitalismo busca un mayor rendimiento del capital y que los asalariados se convierten en el mayor porcentaje de población, a diferencia de los capitalistas, que sólo suponen una cantidad mínima aunque elitista de población, son los propios asalariados quienes se convierten en el objetivo de la producción capitalista. Como ya vieron los magnates industriales norteamericanos de principios del S.XX, los asalariados deben percibir un sueldo digno para poder consumir los artículos que ellos mismos producen con su trabajo. De tal manera, se abandonan las formas de vida que se daban con las primeras revoluciones industriales, donde el asalariado malvivía y era incapaz de consumir apenas nada.
             Aun así, y para evitar posibles abusos de estúpidos capitalistas, los laboristas británicos de mitad del S.XX inventan aquello de la «Sociedad del Bienestar», donde los trabajadores, es decir, la enorme masa de población de un país, tendrán asegurados por ley una serie de derechos. Es ahí donde los gobiernos entran en el entramado del sistema capitalista, para regular mercados, entre ellos el del trabajo, y garantizar derechos fundamentales que ya se dieron como tales a raíz de la Independencia de los EE.UU. o de la Revolución Francesa.
            Que el sistema puede que no sea perfecto..., evidente, es un sistema creado por y para el hombre, que es un ser imperfecto, por lo que es imposible que cree algo que ni siquiera se acerque a la perfección. Pero lo mismo pasa con la ley, que algunos la ponen por encima de Dios, sin tener en cuenta que es algo también realizado por el hombre y, como tal, imperfecto a todas luces. De hecho, en España nos gusta un dicho que reza: «hecha la ley, hecha la trampa».
            Ahora, ¿por qué digo que el Capitalismo ha muerto? Pues porque tal y como yo lo he definido ha dejado de existir. Los pocos rescoldos que aún quedaban de Capitalismo socialdemócrata se han extinguido a raíz de la crisis que hemos vivido en el planeta desde 2008. Una crisis, no lo olvidemos, creada por los ricos para su mayor beneficio. Con dicha crisis los gobiernos del Primer Mundo han olvidado sus tesis capitalistas para acogerse a las neoliberales... Un momento, ¿qué es eso del Neoliberalismo económico? Muy sencillo, es lo mismo que el Capitalismo, pero sin la participación de los gobiernos como garantes de los derechos fundamentales de la clase trabajadora, la más numerosa. ¿Debería suponer esto un problema? En principio, no. Si los magnates del mundo supieran lo que les conviene, tendrían a la masa de población contenta y bien alimentada, para que no se les levante y para que tengan superávit de dinero con el que consumir los productos de los propios magnates. ¿Cuál es el problema, entonces? Que los grandes potentados mundiales no saben lo que les conviene y aprovechan el Neoliberalismo para despojar a la masa trabajadora no sólo de sus derechos, sino también de su dignidad.
             Eso no puede ser, dirán algunos, ya que estás poniendo a los grandes magnates de tontos y si son magnates será por algo, ¿no? Pues creo realmente que uno puede tener miles de millones de euros y ser un imbécil. Yo sé montones de formas de ganar grandes cantidades de dinero, pero no lo hago porque no tengo el capital inicial que se necesita para lograrlo. Hay montones de ricos que lo son simplemente porque ya nacieron con la panadería debajo del brazo. Sólo con haber tenido una buena herencia, es la mar de simple acrecentarla. Recuerden que en España tenemos otro dicho que es: «el dinero llama al dinero». Y nada más lejos de la realidad. Fíjense, si no, en que las grandes fortunas mundiales están en las manos de las mismas familias desde el S.XIX. Nada ha cambiado, y eso que han ocurrido varias guerras mundiales que han arruinado a los países de los que esas familias eran originarias.
           Y en España, ¿qué está ocurriendo? A la vista está. Los partidos que han dejado, en los últimos años, que el Neoliberalismo se adueñe de todo, es decir, PP y PSOE, han caído muchos enteros. Ambos partidos se han dejado convencer por los grandes potentados para permitir que los más débiles, la masa trabajadora, sean despojados de cada vez más derechos. Los sindicatos, que en principio no son verticales, como los del Franquismo, pero que sí lo son, a la vista de que están subvencionados por los gobiernos, no protegen a la masa de trabajadores, que son su razón de existencia, pero luchan a brazo partido entre ellos para ver quién se come más gambas, pagadas por todos, eso sí.
          ¿Es de extrañar, por tanto, que ambos partidos hayan caído como la espuma? No, lo que es de extrañar es que aún queden 7 millones de personas que voten al PP y otros 5 millones que voten al PSOE. ¿Por qué hay 12 millones de ciegos en nuestro país? Simplemente porque las alternativas de voto son precarias. Votar a Ciudadanos, como todo el mundo sabe, no resolvería nada. Quizá hasta lo agravase. El único partido que se aleja de las tesis neoliberales es Podemos, ahora unidos a IU, pero sus escarceos con el Chavismo, la intolerancia iraní y los antiguos dirigentes proetarras disuaden a mucha gente (yo entre ellos) de ir a prestarles su confianza.
            Con este panorama y con unos pésimos dirigentes políticos, en España se ha instalado una continua borrasca que no augura nada bueno en los próximos años. Yo, personalmente, no veo un futuro prometedor para nuestra sociedad, a menos que se funde otro partido que se deje de chuminadas ideológicas y se dedique a luchar por el bien de todos, ricos y pobres, ancianos y jóvenes, mujeres y hombres, que, al fin y al cabo, lo único que quieren es vivir en condiciones y sin sobresaltos. Se necesita una política de altura que garantice el bienestar de la masa de población, con sueldos dignos, medidas sociales sostenibles y una justicia eficaz. ¿Es pedir tanto?

            El Condotiero

viernes, 3 de junio de 2016

La perdida cultura del esfuerzo

             En la sociedad que estamos construyendo en España, en los últimos años, esta palabra, esfuerzo, está quedando como algo del pasado, o del futuro, algo así como de ciencia ficción. El esfuerzo es algo que está, incluso, denostado. Pocas cosas se consiguen hoy en día con el esfuerzo y al que avanza de algún modo gracias a él, hasta lo miran con cara rara, como si hubiera una triquiñuela o engaño en sus palabras.
              Y no exagero. Sólo tienen que echar un vistazo a todos y cada uno de los ámbitos en los que nos movemos. ¿Para qué vas a estudiar?, si el puesto de trabajo que consigas lo harás por mediación de algún familiar, amigo o conocido. ¿Para qué esforzarte en el colegio?, si las notas que saques en él no influirán para nada en el resto de tu vida.
             Y no digan que no... Todos conocemos gente muy válida que lleva en el desempleo varios años y también empleados inútiles que nadie sabe cómo han conseguido ese puesto de trabajo y, peor aun, cómo lo siguen manteniendo. Aunque tampoco es que los empresarios, en líneas generales, puedan exigir mucho a sus empleados, total, para lo que les pagan... El salario medio español ha disminuido casi en un 50% en los últimos diez años, salvando los muebles los funcionarios, cuyo mísero sueldo apenas ha bajado, pasando de ser el hazmerreír de la masa social anterior a la crisis a los grandes privilegiados de nuestra sociedad: trabajo fijo no, anclado, y más vacaciones o días libres que la mayoría.
              Así, vuelvo a lo que muchos dicen últimamente, con cierta sorna, acerca de los consejos sobre el futuro a sus hijos: «no estudies una carrera, Manué o Jenny, ¿pa qué? Hazte futbolista, entra en un reality show o tírate a un torero o a una tonadillera. Sale más a cuenta». Y es cierto, porque hasta para ser empresario se necesita tener cierto grado de suerte o, mejor dicho, padrinos que le amparen a uno. Si están metidos en política, que es donde se corta el bacalao, mejor.
             Siempre se ha escuchado aquello de que los jefes en las empresas son los más tontos. Aunque pudiera parecer que es el típico dicho donde se observa la envidia que a un empleado le supone que otro sea el jefe y no él, no habría que descartar parte de verdad en la afirmación. A un empleado inútil es mejor quitarlo de trabajar, para que no rompa nada, por lo que lo ascendemos a jefe, también por el hecho de que son los jefes superiores quienes nombran a los jefes inferiores, y siempre es mejor tener un jefe subordinado que no te haga sombra y que, además, sea fácil de manejar. Por lo tanto es siempre mejor elegir a un tonto para jefe. Mientras, la persona que se ha estado esforzando de verdad en el trabajo queda relegado a seguir manteniendo su puesto, con el agravio de tener que obedecer a uno que, además de quitarle el puesto, estará deseoso de hacer pagar cara a los demás la osadía de haber valido más que él mismo.
             ¿Y en el mundo de la cultura? Todos conocemos ya los tejemanejes que se traen las editoriales con aquello de los premios literarios. Todos sabemos que el Premio Planeta es algo desvirtuado en sí mismo, puesto que es más una apuesta comercial que otra cosa. Pero no sólo me refiero a ese denostado premio, sino que me refiero a cualquier premio, de mayor o menos entidad, que pulule por España (el país con más premios literarios del mundo). En España, tanto para escribir como para cualquier otra cosa, si no tienes padrino no eres nadie. No importa si vales o no, lo realmente relevante es si alguien dice «oye, que éste es amigo mío; dale una oportunidad». Sin esas palabras mágicas te conviertes rápidamente en el «hombre invisible»: nadie te ve, nadie te oye, nadie te lee...
             De tal forma, en la vida existen dos tipos de personas: los visibles y los invisibles. Para cualquier cosa que un ser visible quiera comenzar o realizar, tendrá todas las oportunidades que se le puedan dar, porque «fulanito» o «menganito» le van a ayudar en su proyecto, sea cual sea, o valga lo que valga. En cambio, si eres un ser invisible, todo lo que consigas, que generalmente será poco, te costará un tremendo esfuerzo que nadie, jamás, llegará a valorar en su justa medida. Los seres invisibles, aquellos que no tienen padrino, quizá valgan más que los visibles, pero da igual, nadie nunca lo sabrá.
             Ya lo dije en otra entrada, cada uno de nosotros es nuestra circunstancia y nosotros mismos. Nos encanta decir que Pelé fue el mejor jugador de fútbol de la Historia, o Paganini fue el mejor violinista que ha habido jamás..., pero, ¿estamos seguros de ello? Quizá el mejor futbolista haya sido un chaval de Ruanda que no tuvo la oportunidad de demostrarlo antes que lo mataran, o la mejor violinista, mejor aun que Paganini, fuera una chica rumana con grandes aptitudes que a poco de comenzar su difícil aprendizaje de tan excelso instrumento fue raptada y traída a España para su explotación sexual, por lo que dejó de tocar el violín y pasó a drogarse como premio a cada sesión obligada.
              Así, moldeados por las circunstancias que nos rodean y por los hilos que logramos tejer, o que nos tejan, sólo queda una pregunta: ¿qué tipo de persona eres, de los visibles o de los invisibles?

              El Condotiero