miércoles, 14 de junio de 2017

¿A lómce vamos?

             Cádiz, por desgracia, vuelve a destacar de manera peyorativa. Y no lo digo porque crea que las personas no deban ejercer su derecho a la protesta cuando algo es injusto, sino porque lo hacen más como una pataleta y un echar balones fuera que como una legítima acción contra las tiránicas autoridades.
             Antes, debería ponerles en antecedentes. Resulta que un chico gaditano, del cual omitiré su nombre, ha iniciado con tremendo éxito una campaña de protesta en la más conocida plataforma virtual de recogida de firmas, en contra de lo que él y los demás alumnos que han participado en esta nueva prueba para el ingreso en la Universidad creen que ha sido una injusticia y una tomadura de pelo. Puede que tengan razón en ambas cosas, ya que no estudiaron un tema en concreto que sus profesores les recomendaron no estudiar, puesto que no caería, pero con la sorpresa de que sí que cayó. Decir que este alumno gaditano creo que no culpa a los profesores por ello, sino a la Junta y al Ministerio de Educación por lo que él piensa que ha sido un despropósito de desinformación. Viendo el resultado, puede que hasta con algo de mala leche, oiga.
             El caso es que, sea como fuera, los alumnos españoles cada vez van más hacia atrás, como los cangrejos, hasta que la marea termine por engullirlos y volvamos a las cavernas.
             ¿Quién es el culpable? Bueno, hay tantos que necesitaría unos cuantos gigas de espacio para poder explicarlo con una total coherencia y que todos los agentes actuantes se vieran reflejados con total nitidez. Ni dispongo de esos gigas, ni de tiempo para escribirlo ni ustedes disponen de tiempo para leerlo, por lo que intentaré ser lo más breve posible.
             Ya he disertado más de una vez sobre la dejadez total de los padres actuales, quitándose el problema de encima (si quieren saber el nombre del problema es Manuel, Juan, Virginia, María, etc.). Ellos ya hicieron bastante teniendo a sus niños, por lo que lo lógico es que sean los profesores los que les enseñen. Si luego no lo hacen, por falta de medios o de vocación, el niño o niña se convierte en un australopithecus y habrá que llamar al Hermano Mayor ese.
             El sistema de oposiciones que todas las Comunidades Autónomas administran, por mor del Estado, para contratar nuevos maestros y profesores olvidan evaluar la mayor y mejor capacidad que debe tener una persona que quiera enseñar a niños y adolescentes, y ésta es la vocación. Sin la vocación, los maestros y profesores pasan de sus alumnos, porque lo único que les interesa es cobrar a final de mes. Sé que es complicado evaluar la vocación, pero por eso mismo un país como Finlandia, con un gran historial de buenos resultados educacionales, no posee ningún tipo de oposición. El director de cada colegio contrata a los profesores por sólo un año y, si éstos son buenos, les va prorrogando el contrato. Ni tienen el puesto para toda la vida ni se corre el riesgo de que un profesor apruebe su oposición sin vocación alguna y, a las primeras de cambio, se dé de baja por depresión.
             Eso sin contar la falta absoluta de cultura que observo en algunos maestros y profesores españoles. Solamente hay que ver alguno de los concursos culturales televisivos, inundados de profesores, que algunas veces parecen más humorísticos que otra cosa, por la de pamplinas que se les escucha decir. Qué menos, creo yo, que los maestros y profesores españoles se lean un libro de vez en cuando, y no sólo el Marca o el Hola. Atentos, que no digo que todos los maestros y profesores españoles sean unos incultos, pero muchos sí. Con que hubiera sólo uno, habría que echarlo de su puesto de trabajo. O reciclarlo.
            Y los alumnos. Bueno, creo que son los que menos culpa de todo tienen. Los alumnos siempre han sido alumnos, en todas las épocas y en todas las culturas, por lo que su ley es la del mínimo esfuerzo y la de pasárselo bien. Ya los egipcios decían que el oído estaba en la espalda, que quería decir que había que darles con una vara para que aprendieran. No hay que llegar a tanto, por supuesto, pero el problema es que hoy en día los alumnos tienen casi más poder que los profesores. Éstos últimos están acogotados por perder su puesto de trabajo por enfrentarse a un alumno cabrón y los alumnos están respaldados por los padres y por la administración. Yo recuerdo que no podía decirle a mi padre que un maestro me había castigado, porque si lo hacía en lugar de un castigo obtenía dos. Ahora, el padre del niño va con sus primos a cantarle las cuarenta al profesor de turno.
             Y, cómo no, he dejado para el final al Gobierno y a las Comunidades Autónomas, que son las que tienen la competencia de educación gracias a una porquería de Constitución que aún algunos defienden con uñas y dientes. El mayor hándicap con el que se encuentra la educación en España no es otro que los 450 000 políticos que existen en nuestro país. Con tal cantidad, doblando al segundo país europeo con más número de éstos, hay que colocarlos en algún sitio. Además, los políticos españoles carecen de cualquier preparación, puesto que no hay que superar examen, selectividad, reválida u oposición alguna que valide el puesto al que optan, más allá del famoso dedo del que hay que hacerse amigo.
             Así, tenemos a los políticos en todos los puestos de responsabilidad imaginables, sin saber qué tienen entre manos, y rodeándose de asesores megacaros que tampoco lo saben, ya que lo normal es que éstos sean amiguitos o familiares a los que dar un sueldo de 3000€ por la face. Hasta el loco y drogado de Hitler buscó a un arquitecto, Speer, para la construcción de su gran capital, Welthauptstadt Germania, y a un ingeniero, Todt, para la construcción de su Fortaleza Europa, de la cual hoy sobreviven gran cantidad de búnkeres y defensas para submarinos. Pero en España, no. En España no ponemos a pedagogos (me niego al chiste fácil) al frente del Ministerio de Educación ni al frente de las consejerías de educación de las distintas CC.AA. Más aún, cuando hacen un cambio en las leyes de educación, lo que viene siendo cada legislatura, no preguntan a los que entienden del tema, es decir, a pedagogos, profesores, maestros, psicólogos infantiles, etc. Hay tantos profesionales de los que se podrían asesorar gratuitamente, que, quizá por ello, pasan de todos, a su bola, mercachifleando los cursos y las asignaturas con la única premisa del buenismo y la igualdad mal entendida.
             Estos demagogos, que no pedagogos (lo siento, al final no he podido aguantarme), que están al frente de los diferentes cargos políticos relacionados con la educación, no se dan cuenta de que cuando la cagan, porque no hay otra palabra que lo defina mejor, con una ley de educación, condenan a varios miles de chavales a un mundo de incultura que les pesará en el resto de su futuro, ya que, por desgracia, pocos padres se tomarán la molestia de encargarse personalmente de las carencias de sus churumbeles.
             Y sé de lo que hablo. Hasta profesores universitarios me comentaron en su día con respecto a la LOGSE que no tenían más remedio que aprobar a sus alumnos, puesto que venían con tantas carencias que era prácticamente imposible exigirles un mínimo nivel, aunque fuera sólo en lectura y faltas de ortografía. Decían que más valía quitarse de problemas y aprobarlos para que luego fuera el mundo real el que se hiciera cargo de ellos. Si eso opinaban de la LOGSE, no quiero ni pensar qué opinarán de la LOMCE.
             Ahora habrá muchos que digan que exagero, que en todas las generaciones se habla de lo mismo respecto de las nuevas y otros que ellos no han salido así aunque hayan sufrido dichas leyes. A ellos les digo que siempre sale gente buena y preparada, como excepciones que confirman la regla, pero lo habrán logrado más por una cuestión de superación personal y ánimo de conocimiento que por las exigencias de sus estudios. Porque no debemos equivocarnos: saberse al dedillo la lista de los reyes godos o todos los afluentes de la Península Ibérica no hace que un alumno esté más preparado que otro; lo que lo hace es enseñarle la metodología adecuada para que sea él mismo el que tenga ganas de aprender. Dotarle de un abono para las neuronas que no es otro que la lectura y la escritura, aderezado con algo de matemáticas: parte humanística y parte científica. Lo demás, vendrá por sí solo, porque Internet es una gran herramienta que sirve no sólo para jugar y chatear, sino también para buscar información y libros que leer.
             Pero el problema subyacente sigue siendo el mismo: la culpa es de los políticos. La cuestión es dilucidar si es que son demasiado tontos para darse cuenta de ello o, por el contrario, son demasiado listos y lo que están buscando (y consiguiendo) es una sociedad de palurdos sin capacidad de crítica.

             El Condotiero

domingo, 4 de junio de 2017

Tropas espaciales

                                    (Advertencia: entrada no apta para mentes sensibles)

             Recomiendo encarecidamente la lectura de la novela de ciencia ficción Starship Troopers, del autor norteamericano Robert A.Heinlein (por favor, no confundir con la película del mismo nombre del director Paul Verhoeven, que aunque fuera divertida, sólo se trató de una pésima adaptación de la novela). Si lo hago no es porque su trama me parezca estupenda, sino por su explicación del sistema político existente en una hipotética sociedad futura del planeta Tierra. No voy a destripar la novela, muy cortita y que se lee en dos tardes, pero lo importante para esta entrada es la vigencia de un Estado Mundial, que salió de las guerras que se iniciaron al final del S.XX entre rusos, europeos y americanos por una parte, contra chinos y árabes por la otra. No debemos olvidar que la novela fue publicada en 1959, en plena Guerra Fría, y ya allí anticipaba una lucha de civilizaciones en la que Rusia se posicionaría junto a los países occidentales.
             Yendo al meollo de la cuestión: la sociedad mundial nacida tras esa guerra se basa en un sistema democrático en el cual sólo tienen derecho al voto todos aquellos que hayan realizado el servicio militar. Éste dura tres largos años, tanto para hombres como para mujeres, y en el cual aprenden a convivir, a sacrificarse por los demás, a trabajar en equipo, a pensar en el bien común y no sólo en ellos, etc, etc. Al terminar el servicio militar, los hombres y mujeres pueden reincorporarse a la sociedad, crecidos como personas, y ganan el derecho al voto y a poder tener hijos. Es decir, una pareja que no haya realizado el servicio militar tiene prohibido concebir hijos, ni siquiera por métodos naturales. Se supone que una pareja así, al no haber realizado el servicio militar y, por tanto, no haber aprendido los valores necesarios para pertenecer a la sociedad como miembro de pleno derecho, no posee tampoco las capacidades educacionales mínimas para criar a niños con plena garantía de éxito. En un planeta ya superpoblado, también es una forma de control de la natalidad.
             Recordemos que es una visión de un escritor de una sociedad futura y que es del año 1959. No quiero decir que en nuestro planeta Tierra tengamos que llegar a esto, pero es sintomático que las parejas más preparadas intelectualmente y con más recursos económicos no estén teniendo hijos, o a lo sumo sólo uno, mientras que parejas casi analfabetas y con escasos medios económicos tengan cinco o seis churumbeles, a los cuales no les pueden enseñar nada, puesto que los padres nada saben.
             Y con respecto a lo del voto, es el momento de entrar en profundidad. Lo de «un hombre, un voto» es una mentira universal que tomamos como medida de la democracia. Para empezar, para que vean si es errónea esta afirmación, se promulgó cuando la idea era del todo literal, es decir, cuando las mujeres no podían votar. ¡A ver quién es el guapo que dice ahora que las mujeres no puedan votar! Por lo tanto, desechemos esa idea de una vez por todas.
             ¿Por qué el voto de un asesino múltiple debe valer lo mismo que el de un hombre o mujer de bien, que paga de forma regular sus impuestos, educa a sus hijos admirablemente y practica la empatía en todos y cada uno de los momentos de su vida? No es lógico ni ecuánime. Debemos desterrar de nuestro cerebro el concepto de que todos somos iguales, porque no es cierto. Ni siquiera a la hora de nacer, pero lo que más nos diferencia a los unos de los otros son las acciones que libre y deliberadamente hemos tomado a lo largo de nuestra vida, y las que nos queden por tomar.
             Como nuestro sistema actual no funciona... (no, no funciona, creo que es algo que vemos todos los días: justicia injusta; paro desorbitado; muerte anunciada de las pensiones; corrupción generalizada y galopante; políticos demagogos; aumento desmesurado de la distancia entre ricos y pobres; etc.) Bueno, como iba diciendo, ya que nuestro sistema actual no funciona, hay que buscar nuevos métodos con los que poder autogobernarnos, es decir, que nosotros con nuestras decisiones seamos quienes aupemos en el poder a los que nos gobiernen, pero claro, no con un papelito inútil que no refleja para nada nuestras diferentes aportaciones a la sociedad de la que formamos parte.
             Sin llegar a los extremos de la sociedad que Heinlein retrata en su novela, llevo mucho tiempo pensando que sí que posee ciertas características encomiables, por lo menos en lo referente a la valía del voto. No a la valía del voto per se, sino a la valía de los individuos que ejercen su derecho a voto.
             Así, teniendo en cuenta que en realidad nuestros votos no valen lo mismo (si alguien tiene alguna duda, que lea mi entrada Una ley electoral incoherente), deberíamos buscar sistemas electorales más justos y más eficientes, olvidándonos ya del manido una persona=1 voto, que ya sabemos que es inútil y torpe.
             Yo, humildemente, he confeccionado una tabla en la que cada persona mayor de 16 años debería sumar sus líneas para conocer (y el Gobierno también) el número de votos que a su nombre están dispuestos. De tal forma, si alguien tiene, por ejemplo, 8 votos, puede usarlos para votar a un mismo partido o dividirlos como quisiera, aunque sería poco útil y probable. Abajo aparece la tabla en la que se contabilizan los votos que cada poseedor de N.I.F. suma:


Por poseer N.I.F. 1 voto
Por carecer de antecedentes penales 1 voto
Por poseer estudios de secundaria (bachillerato o F.P.) 1 voto
Por cada licenciatura que se posea 1 voto
Por cada doctorado que se posea 1 voto
Por poseer un puesto de trabajo y pagar impuestos 1 voto
Por tener trabajadores a su cargo (Seguridad Social) 1 voto
Por tener más de 10 trabajadores a tu cargo (Seguridad Social) 1 voto
Por tener más de 100 trabajadores a tu cargo (Seguridad Social) 1 voto
Por tener más de 1.000 trabajadores a tu cargo (Seguridad Social) 1 voto
Por haber realizado 100 o más horas de voluntariado social en el último año 1 voto
Por haber donado sangre en 12 o más ocasiones en el último año 1 voto
Por tener el carné de donante universal de órganos 1 voto
Por tener publicadas obras de divulgación científica, histórica o filosófica 1 voto
Por haber realizado el antiguo servicio militar o haber sido militar profesional 1 voto
Por haber participado como militar en misiones en el extranjero 1 voto
Por haber participado como voluntario de una ONG en misiones en el extranjero 1 voto
Por tener una o más personas a tu cargo (dependencia) en el último año 1 voto
Por haber salvado al menos una vida en el último año (demostrable) 1 voto
Por cada hijo escolarizado que el curso anterior aprobase todas las asignaturas 1 voto
Por estar cumpliendo condena -3 votos
Por estar apartado de las funciones públicas -2 votos

             Evidentemente, esto es sólo un ejemplo de cómo se podría hacer. Podría haber más o menos filas en esta tabla, o los varemos ser diferentes; para eso habría que estudiarla en profundidad y llegar a un consenso... espérense, por favor, que me está dando la risa... ya... ah, no... ya, ahora sí... Pues eso, pero con cabeza, que para algo la tenemos y no sólo para peinarnos.
             Con ello quiero decir que no acepto tonterías del tipo «se nota que tiras para los empresarios, porque has puesto muchos votos para ellos». Bien, sí es verdad que les he puesto alguna línea de voto, pero es que son ellos los que enriquecen al país, aunque eso no quiere decir que sean los que corten el bacalao. Para poner un ejemplo: imaginemos un empresario que sea doctor en economía y que tenga 1.001 trabajadores. Bien, pues este señor tendría un voto por tener N.I.F.; supongamos que carece de antecedentes penales, otro voto; como tiene un doctorado, ha terminado la secundaria y también es licenciado, claro, por lo que son 3 votos más; tiene trabajo (autónomo) y paga sus impuestos, 1 voto; tiene trabajadores a su cargo, 1 voto; tiene más de 10 trabajadores a su cargo, 1 voto más; tiene más de 100 trabajadores a su cargo, otro voto; y tiene más de 1.000 trabajadores a su cargo, por lo que totaliza 10 votos. Parece mucho, pero es que sus 1.001 trabajadores sólo por tener el N.I.F. y pagar sus impuestos, ya suman 2.002 votos. Así que díganme ustedes qué tontería sería ésa de que el empresario cortaría el bacalao. Estamos hablando de 10 votos contra 2.002, está claro quién influye más en una sociedad, ¿no?
             Es muy difícil no poseer al menos un voto con esta lista, para ello una persona tendría que ser prácticamente analfabeta y además estar cumpliendo condena en la cárcel. Bueno, no creo que una persona con tales características deba influir en mi futuro, la verdad, ni en el de los demás. Claro, ahora vendrán otros que me llamarán fascista por pensar así... ¡Ojo!, serán los mismos que se llenan la boca con la palabra «democracia» pero admiran formas de gobierno como las de Cuba y Venezuela, que o no hay voto directamente o si hay algún plebiscito es para conseguir papel higiénico, porque otra cosa ya me dirán ustedes.
             Y no se confundan: no estoy diciendo que el sistema por mí plasmado aquí sea la panacea que arreglara todos nuestros problemas. No, no soy ni tan necio ni tan soberbio, sino que es simplemente un sistema mejor que el que hay, aunque no tiene por qué ser el mejor, ni mucho menos. Ojalá esta entrada sirviera para abrir un debate a escala nacional sobre qué método sería el mejor para nuestra futura democracia y que no se quedara en agua de borrajas. Ojalá.
             Pero sigo sin ser ni un necio ni un soberbio, por lo que sé que me leéis cuatro gatos (eso sí, no gatos cualquiera, sino con pedigrí), que la mayoría no estaréis de acuerdo con mis ideas y que, aunque no fuera así, a nuestros políticos, banqueros, grandes empresarios en general, les interesa mantener el sistema actual, porque les va de maravilla gracias a él.

             El Condotiero

domingo, 28 de mayo de 2017

La Historia habla

             Ya en la primera entrada de este blog traté el tema de la educación, como el factor más importante para moldear las mentalidades del pueblo. No contento con ello, escribí varias entradas sobre el tema catalán. Hoy quiero hablar de nuevo sobre él, pero desde otro punto de vista. Creo, sinceramente, que me voy a salir de las autopistas de opinión más habituales, pero no por ello romperé por completo con lo dicho por mí con anterioridad.
             La gente suele creer que estudiar Historia es una pérdida de tiempo, sirviendo nada más que para terminar de profesor de esa misma asignatura en cualquiera de los colegios o institutos que nos rodean, y eso teniendo suerte o constancia. Aquí niego la mayor, puesto que un buen conocedor de la Historia es lo más parecido que hay a un vidente. Sí, un buen conocedor de la Historia puede llegar a vaticinar hechos del futuro, no quizá con una precisión atómica, pero bastante mejor a como lo hicieron los profetas o caraduras como Nostradamus.
             Y mi vaticinio futuro es que Cataluña acabará independizándose de España, puede que mañana o puede que dentro de treinta años, pero es inevitable. Lo único seguro es que no ocurrirá hoy. Esto, como ya he dicho, no se contrapone a lo analizado por mí en entradas anteriores, porque de lo que allí hablaba era de la inconveniencia para los catalanes de su separación, no que no lo fueran a conseguir. Tampoco sé si será una independencia total de España y la UE, o se convertirá en alguna especie de país asociado o alguna nueva fórmula.
             Pero, ¿por qué digo que su independencia es inevitable? Es más que evidente: a día de hoy casi el cincuenta por ciento de la población catalana está a favor de ello. La mayoría son gente joven que, como es de suponer, irá cumpliendo años, casándose y teniendo hijos, a los cuales inculcarán sus ideas. De tal forma, conforme vayan madurando las nuevas generaciones, el porcentaje de partidarios de la independencia irá in crescendo, mientras que, de forma recíproca, los españolistas irán descendiendo. Esto también podría crear una situación de malestar en la población catalana con sentir español, que, viéndose acorralada, acometería un éxodo hacia otras regiones españolas, huyendo de la marginación social.
             La mayoría de los políticos y «expertos» dicen que es imposible un referéndum de independencia, puesto que la ley no lo contempla. Y tienen razón, por lo menos a día de hoy. Pero la ley no es algo caído del cielo. Desde que Moisés bajara del monte Sinaí con diez o quince mandamientos, no lo recuerdo bien, tal cosa no ha vuelto a ocurrir, y las leyes y constituciones han sido creaciones de los hombres, seres imperfectos cuyas obras son, como no podía ser de otra forma, imperfectas. Si alguien opina diferente a mí, sólo debo recordarles que la persecución de los judíos en la Alemania Nazi era legal, puesto que había una ley que la amparaba. Y al que crea que las elecciones democráticas son unas perfectas maravillas puesto que el pueblo no se puede equivocar, les recordaré que Hitler accedió al poder por medio de ellas. Sí, no se confundan, muchos millones de personas también pueden estar equivocadas, de ahí el significado de la palabra «aborregado».
             ¿Qué quiero decir con esto?: pues que la constitución española no permite los referendos, hoy por hoy, pero mañana podría ser diferente. Nunca se sabe si podría llegar al poder algún iluminado, tipo Cameron, y liarla parda. De todas formas, creo con sinceridad que no se puede poner puertas al campo y, por tanto, es inevitable la futura independencia catalana. Podrían hacer dos millones de referendos y perderlos, pero les bastaría sólo con uno que ganasen para conseguir su meta y ya no habría vuelta atrás.
             Como dije en mi primera entrada del blog, la educación es la mayor arma de las civilizaciones. Durante cuarenta años hemos permitido a los políticos de todas las comunidades autónomas, gente sin ningún tipo de preparación ni escrúpulo, exactamente igual que los políticos nacionales, que hagan y deshagan a su antojo, dándoles la potestad para aleccionar a sus ciudadanos y, sobre todo, a los más pequeños de éstos, o sea, los que se están formando y son así más permeables a los lavados de cerebro. Si no me creen, vuelvo al ejemplo nazi: lo más fanáticos eran los niños de la Hitlerjugend, que no habían conocido otra cosa además de lo que les enseñaban.
             Ayer vi en la segunda cadena pública (sí, formo parte del 2% de la población que la ve) dos documentales muy interesantes sobre el expolio y destrucción de bienes culturales. Allí se decía que la sistemática aniquilación de los vestigios religiosos y culturales de una población tiene como objetivo eliminar su sentir nacional y, de esta forma, vencer su futura resistencia. Uno de los documentales comenzaba con el genocidio armenio perpetrado por los turcos durante la Primera Guerra Mundial, ya que no sólo se exterminó a cientos de miles de armenios, sino que también se destruyeron sus iglesias y edificaciones más idisosincrásicas. De ahí pasaban por todo el siglo XX, terminando, como no podía ser de otra manera, con la destrucción de Palmira, el Crac de los Caballeros y Alepo por parte de las distintas facciones que combaten en la Guerra Civil Siria.
              Pero al igual que se puede destruir el sentir nacional de un pueblo, también se puede crear, aunque sea con mentiras, o medias verdades. Eso es lo que ha pasado en Cataluña y es bastante difícil de revertir, a no ser que les pidamos consejo a los del DAESH, que lo arreglarían en un pis-pas.
             Bromas aparte, puedo decir que no es que crea, sino que afirmo rotundamente que Cataluña se separará de España. Es un error inevitable cuya culpa sólo la tienen los políticos timoratos y arribistas que ahora solemos venerar como los padres de la Transición Democrática y de nuestra Constitución. Con nuestra ceguera y desinformación patológica, todos hemos contribuido un poco a esta situación y a otras más, pero claro, es que hay un 98% de población española que no ve los documentales de la segunda cadena y que, lamentablemente, tienen el mismo derecho al voto que aquéllos que sí los ven. Para echarse a llorar.

             El Condotiero

martes, 18 de abril de 2017

Supervivencia

             Raroc estaba desesperado. Vagaba solo, buscando refugio. El aire glacial entumecía sus músculos mientras pensaba que él, al menos, estaba en movimiento, pero no así su escasa familia, que había quedado resguardada en una estrecha zanja del interminable horizonte helado. No hacía siquiera cinco años su comunidad llegaba casi a cincuenta miembros. Hoy, debido al hambre y al incesante frío, apenas llegaban a veinte, incluyendo a su compañera y sus dos vástagos, supervivientes de los ocho que habían llegado a nacer. Pero así era la vida. Sus padres le habían enseñado todo lo que habían podido, antes de perecer en una avalancha de hielo y rocas, y lo demás lo había aprendido de forma intuitiva. La fragilidad de la vida era una de las cosas que había experimentado, por lo que no se asustaba de ello.
             En su continuo deambular, de refugio en refugio, había visto multitud de cosas extrañas. Él las tocaba con veneración. No sabía qué eran ni a quién habían pertenecido, pero esas piedras lisas, altas y ruinosas parecían confirmar las historias que a veces se contaban por la noche, en las buenas noches en las que podían disfrutar de un incierto fuego, puesto que los trozos de madera que se encontraban escaseaban cada vez más. Las noches se diferenciaban de los días en que la oscuridad era más profunda, sólo eso. Una de las historias que a él más le gustaban era la de la ocasión en la que se encontró otro grupo similar al suyo. No se entendían, pero por señas y ruidos guturales llegaron a un acuerdo y, en lugar de pelear por los pocos recursos de la zona, los grupos se juntaron. De hecho, su madre procedía del grupo visitante, por lo que él era un mestizo, si pudiera decirse así.
             En medio de sus pensamientos, Raroc tropezó con una piedra, oculta por un montículo de nieve helada. Se abrió un hoyo por el que estuvo a punto de caer. En principio maldijo su suerte, pero después acabó intrigado. Cogió el trozo de madera plana que llevaba atado a la cintura y se puso a excavar, rodeado por el vaho de su propia respiración. El esfuerzo dio sus frutos y acabó dando con lo que parecía una hondonada o una cueva en el mismo suelo. ¿Podría haber hallado un buen refugio para su familia? La única forma de saberlo era adentrarse para averiguarlo, pero él sabía que ello conllevaría un problema. Le quedaba material incendiario para esa sola inmersión. Si la cueva no era la adecuada, quizá perdiese la oportunidad de encontrar otra mejor. Finalmente, decidió que merecía la pena arriesgarse. Le había dado buena espina y el olor a cerrado que le había llegado no era menos importante.
             Después de haber golpeado varias veces la piedra amarilla sobre la gris, consiguió encender un pequeño fuego en el que puso las pocas hierbas secas que le quedaban, adhiriéndolas al palo de luz que siempre le acompañaba. Bajó por unas extrañas piedras lisas, increíblemente regulares, hasta que dio con una pared. Confuso, vio que la pared de piedra contenía unas profundas ranuras, por lo que creyó oportuno empujarla y, de forma sorprendente, el centro del muro basculó a un lado, dejando una apertura suficiente para poder entrar. Tenía miedo, sí, pero la necesidad acuciaba, por lo que traspasó esa extraña entrada de la cueva y lo que vio le dejó boquiabierto: una enorme gruta con paredes y techos perfectamente planos, y con unas rarísimas construcciones en madera de quemar. Cuando se acercó a una de ellas, observó que contenía unas cosas rectangulares, de diferentes colores y con unos extraños símbolos. No era la primera vez que veía esos símbolos, pero tampoco eran usuales ni entendía su significado, si es que tuviera alguno.
             Recorrió pasillos y pasillos de esa insólita cueva, todos cubiertos con aquellas singulares construcciones de madera. De repente, apreció un cambio en la luz. Sí, se estaba quedando sin combustible en su palo, por lo que no tenía mucho tiempo. Si se quedaba a oscuras en esa interminable sucesión de cavernas, estaría perdido. Podría arrancar algún trozo de madera de las construcciones laterales, pero le llevaría demasiado tiempo. ¿Arderían los raros cubos de inscripciones? No tenía nada que perder por intentarlo, así que extrajo uno y se percató de que se podía abrir. Estaba formado por un buen montón como de escamas blanquecinas, algo amarillentas, con más y más inscripciones indescifrables. Al tocarlas, notó su fragilidad, arrancando una de ellas y acercándola al fuego. Sí, ardía. Y con bastante rapidez, por lo que decidió aproximar más. Al mirar a los lados y ver más cubos como ése, comprendió que el refugio que había encontrado era perfecto para su familia, con combustible suficiente para una buena cantidad de lunas.
             Resolvió, ahora que no tenía que preocuparse por la luz, terminar de investigar esa prodigiosa cueva. No tardó mucho en llegar a lo que parecía el final, con una inscripción en la pared del fondo, enorme, aunque no tallada en ella, sino que eran unas piedras superpuestas y que refulgían a la luz de su palo. Sabía que aquella inscripción era importante, por el lugar que ocupaba, aunque no fuera capaz de saber si significaba algo o alguien la había puesto allí porque le parecía bonita. El dibujo era más o menos así:

Fondo de libros para la supervivencia de la 

cultura humana

Fundación de la Real Academia de la 

Lengua Española

             Era bonita, sí, se dijo, pensando que había llegado la hora de desandar el camino hasta la salida de la cueva para ir en busca de lo que quedaba de su familia y traerla a aquel lugar. Sí, en este magnífico refugio podrían pasar los días y las noches quemando esos cubos con inscripciones. Tal vez hubiera suficientes para poder sobrevivir hasta la salida del sol, un sol que él jamás había visto pero del cual sus padres tantas veces le habían hablado, aunque fuera también de oídas.

             Enrique A.Cadenas

lunes, 6 de febrero de 2017

El impuesto de la muerte o la muerte por impuestos

             Se habla mucho, en estos días, sobre la cuestión del impuesto de sucesiones, particularmente abusivo en comunidades autónomas como Asturias y Andalucía. No es que sea algo nuevo, sino que, como bien todos sabemos, los temas periodísticos tienen su tiempo y su lugar, y lo que ayer no era noticia, lo es hoy de forma desaforada, debiéndonos amoldar a la tiranía de la prensa, que es la que parece decidir qué asunto es importante y cuál no, llegando a la paradoja de que es la prensa, y no los gobiernos, la que dirige nuestras vidas, o al menos nuestras críticas. Ya se sabe, lo que no se publica ni siquiera existe.
             No voy a entrar a valorar lo justo o lo injusto de tal impuesto, porque me da igual, ya que creo que la mayoría de los impuestos son injustos. No crean que soy un antisistema, aunque cada vez dejo de serlo un poco menos, porque evidentemente un país necesita de unos impuestos recaudados a sus ciudadanos para poder seguir existiendo. Y esto no es nuevo, comenzó a ocurrir cuando se empezaron a crear los primeros asentamientos humanos mínimamente organizados, incluso antes de la aparición de las primeras ciudades-estado. Así, es lógico que los impuestos existan, a la vez que también es lógico que sean injustos, puesto que quien los pone es quien se beneficia de ellos. Y esto también ha sido así siempre. Como no estamos descubriendo la rueda ni nada parecido, lo único que puedo tratar aquí es del porqué en España, que es lo que me interesa, y ahora, no en la Historia, los impuestos son como son, y atañen a quien atañen.
             De tal forma, siendo los impuestos injustos de per se, la cuestión es conocer la razón de que en España sean más injustos que en otros lugares del mundo. Tampoco descubro el fuego si digo que la razón principal de que España sea uno de los países con una presión fiscal más alta es por la mala gestión que los políticos han realizado en los últimos cuarenta años. Ya todos saben que España posee el triple de políticos que Alemania, un país que casi dobla nuestra población. Esto quiere decir que España posee seis veces más políticos por habitante que Alemania, un país que casi todos advierten que está mejor gestionado que el nuestro. Y lo mejor de todo es que Alemania está más descentralizada que España, cosa curiosa. Por tanto no es la descentralización el verdadero problema, aunque influye, y mucho, ya que cuando los gestores son malos, cuantos más haya, peor. Y ése si es el verdadero problema.
             O sea, que debemos acudir a la implantación de nuestra Constitución y la creación de nuestra democracia para ir al germen del problema. Si preguntamos a la mayoría de los españoles, éstos estarán de acuerdo con la existencia de las comunidades autónomas, porque desean huir de una supuesta tiranía de un gobierno centralizado, y más si nos damos cuenta de la calidad de nuestros políticos, que en las pocas ocasiones que han podido disfrutar de una mayoría absoluta en las Cortes, en su gobierno central, han hecho y deshecho como han querido, sin preguntar a propios ni extraños y ejerciendo casi una dictadura de corto recorrido. El español medio parece que no está programado para la contemporización, sino más bien para el porquemedalagana.
             Ahora bien, si preguntamos a los mismos que antes estarían totalmente de acuerdo con la existencia de comunidades autónomas, seguro que dirán que también quieren que todos los españoles seamos iguales. Aquí niego la mayor, como ya comenté en la entrada La utopía de la Igualdad, porque en realidad los españoles no desean la igualdad de todos sus compatriotas, sino la mayor igualdad de ellos mismos, es decir, que cada uno de ellos no desea ser menos que los demás y, si es posible, ser un poco mejor. Esto explicaría la contradicción que hay en que deseen la existencia de las comunidades autónomas pero, al mismo tiempo, quieran que haya una igualdad impositiva para todos ellos. Algo así no es posible, ni lógico, puesto que si quieres que haya comunidades autónomas, algunas tan absurdas como las de Asturias, Cantabria, La Rioja, Navarra, Madrid y Murcia, que sólo tienen una provincia a la que gobernar, es para que impongan sus propias leyes, ya sean de carácter impositivo o de educación. Pero claro, ahora resulta que queremos que haya comunidades autónomas para evitar un desproporcionado poder central pero que las leyes sean iguales para todos. Entonces, ¿para qué queremos las comunidades autónomas?
             Lo que los españoles deberíamos meditar en profundidad es la conveniencia de las comunidades autónomas. Solemos crecernos cuando hablamos de la Transición Democrática, poniéndola como ejemplo de cómo un país puede pasar de una dictadura a un democracia sin derramamiento de sangre, o con el menos posible, pero no nos damos cuenta que cuando haces una revolución, por pequeña que sea, no está completa sin el uso profiláctico de la guillotina. Si lo que quieres hacer es una revolución que contente a todo el mundo, como fue nuestro caso, donde hubo cabida a todos los ideales y a todas las personas, acabas por producir un ente con unas soluciones de compromiso que, a la larga, demostrará sus carencias y sus meteduras de pata. Y creo, sinceramente, que la generación y la generalización de las comunidades autónomas españolas fueron un fiasco de proporciones calamitosas. Permitirles a unos políticos que no ven más allá de sus narices que gestionen la educación de las siguientes generaciones o los impuestos a sus ciudadanos es hipotecarnos para el futuro y para el presente, respectivamente.
             Así, quizá sea hora de que los españoles decidamos si sería beneficioso votar una nueva constitución que haga desaparecer errores tales como las comunidades autónomas y, aunque yo no sea republicano, la existencia de un rey como presidente de la Nación. Pero lo que digo no es fácil, puesto que los españoles no nos ponemos de acuerdo ni para tomar el café, además que el sistema no nos permite votar lo que queramos, sino lo menos malo entre lo que hay. Por ejemplo, elucubrando un poco, si el PP fuese a las siguiente elecciones con un programa en el que habría que gasear a dos millones de personas y el PSOE con otro en que sólo debiésemos gasear a un millón, votaríamos al PSOE, por considerarlo menos malo, cuando lo que realmente tendríamos que hacer es levantarnos en masa y gasear a todos los políticos, tanto del PP como del PSOE, que hubiesen presentado tales programas.
             Al fin y al cabo somos españoles, con todo lo que ello implica... para lo bueno y para lo malo... sobre todo para lo malo.

             El Condotiero

viernes, 13 de enero de 2017

¿Colegios de muerte?

             Nos desayunamos hoy en el periódico, aunque ayer ya se conoció la noticia por los informativos de las numerosas cadenas televisivas del país, con el desafortunado titular sobre la muerte de un adolescente por su propia mano, en este caso una adolescente, con tan sólo trece años. Es uno de los hechos que más daño pueden hacer a una familia, ya que si bien la muerte de un hijo de esa edad es algo muy duro, difícil de ponerse en su pellejo, supongo que si la muerte es autoinflingida lo es muchísimo más, porque, ¿qué motivos puede tener un niño o una niña para ello? Ésa es la gran pregunta, cuando a esas edades apenas se ha comenzado a vivir, ni siquiera puede tener la frustración de estar en paro, de que su voto no sirva de nada o cosas así, ya que, como se suele decir, para el Estado es «cascarón de huevo».
             Todos los que leen este tipo de noticias se echan las manos a la cabeza, porque el sistema está fallando. Parece ser que la niña sufría acoso escolar, eso que ahora está tan de moda, como otros de los niños de edades similares que en los últimos años han tenido el mismo fin. Es como si junto a Internet, los teléfonos móviles y las redes sociales se hubiera inventado eso del acoso... vamos, lo que toda la vida han hecho los «abusones», para qué nos vamos a engañar. Entonces no es que sea algo nuevo, ya que siempre ha habido niños más crueles que el resto, dentro de que la poca experiencia que tienen los niños los hacen ser crueles, al no tener desarrollada la empatía, ya sea autodidacta o aprendida de otros. Todos conocemos casos en nuestros colegios, cuando teníamos edad escolar, fuera cuando fuese aquello, de niños que insultaban a otros, ya fuera por estar gordo, por llevar gafas, por ser menos listos que el resto, o empollones, o tener algún defecto físico. No es nuevo, repito, lo que sí ocurre es que ahora, con las redes sociales y con el mundo más pequeño, los insultos llegan más lejos y, de ahí, que tengamos la apariencia de que duelen más, aunque no sea cierta.
              Como buenos españoles que somos, ahora tenemos que buscar a los culpables, que, por supuesto, no somos nosotros. Los padres querrán imputarle la muerte de su hija a los niños maleducados, a los profesores, al director del instituto, al inspector de educación, a la policía y al sursum corda. Jamás, de ello estoy seguro, llegarán a la conclusión que para mí es la más obvia: la culpa es de la niña y de ellos mismos. Sé que es muy duro decir algo así, pero las verdades lo son, independientemente de a quién duelan. La sociedad también es culpable, cómo no, pero no por lo que se cree, sino por permitir que los padres eduquen a los niños de la forma en que lo están haciendo. Si digo que la culpable en primera instancia es la niña, angelito, es porque la decisión de suicidarse fue exclusivamente suya, de nadie más. Por mucho que pensemos que sólo tenía trece años, debemos recordar que es una edad en la que ya podría ser madre y que si la naturaleza lo permite, será por algo. No era infrecuente, en sociedades pasadas, que las niñas de esas edades ya estuvieran casadas e, incluso, que fueran madres. Nuestra sociedad ha retrasado todo lo posible la maduración de los niños y hoy en día podemos considerar que una persona no está completa hasta cerca de los treinta años, cosa que me parece una barbaridad. Recuerdo el caso de Alejandro Magno, que aún no había cumplido los dieciocho años cuando estaba comandando un ala del ejército de su padre en la batalla de Queronea. Hoy en día, con esa edad, no te permiten ni tirar un papelito inútil a la papelera precintada conocida como urna electoral.
              Pero no sólo eso, sino que los padres actuales no saben educar a sus hijos, cosa que ya he dicho en más de una ocasión. Creen que su responsabilidad acaba cuando los traen al mundo, dejando que sean los demás los que les dediquen su tiempo, pues ellos carecen de él. En cambio, para que no se quejen, les dan todo lo quieren, incluso, algunas veces, lo que no quieren. Así, aparte de tener teléfono móvil desde los siete años; un ordenador personal en su propia habitación, sin control supervisado; mando absoluto de los medios de comunicación del hogar, no sólo la televisión, sino también acceso a Internet permanente y cosas por el estilo, les dejamos que, en esa difusa edad de la preadolescencia, sin haberles preparado para ello, vuelvan a casa a horas intempestivas, habiéndose pimplado una botella de vodka o de whiskey.
             De tal forma, y habiendo fracasado de forma absoluta en la educación de sus hijos, los padres los dejan a su aire, careciendo éstos de lo que ya una vez denominé «tolerancia al fracaso», aunque tampoco es que yo sea el primero en decirlo. Pero es así, y lo sabemos por la Historia. Los grandes triunfadores, es decir, militares, letrados, científicos, inventores, etc, de la Historia, lograron sus éxitos en un habitual camino de fracasos. De fracaso en fracaso hacia el éxito final. Raro es el caso de un triunfador desde temprana edad, porque lo que más enseña a alguien es un fracaso, jamás un éxito, excepto para seres con una capacidad de autoanálisis fuera de lo común, que tampoco es que hayan abundado. Así, los niños de hoy en día no saben lo que es que algo les sea negado, y no saben cómo comportarse cuando algo no sale según sus propias previsiones. Y en el caso que nos ocupa, los niños actuales no son capaces de soportar los insultos ajenos. No es que sea de buen gusto tragárselos, pero no te queda otra cuando eres el objetivo de algún desalmado, porque las alternativas son mucho peores.
             Nada de lo que estoy comentando sirve para nada, en un mundo donde las adolescentes de apenas dieciséis años ya comienzan a retocarse las partes que no les gustan en el quirófano, sin dejar tiempo a que la naturaleza haga su trabajo, porque lo más importante no es cómo es uno, sino cómo te ven. La autoestima es un término que ha quedado sólo para los psicólogos, porque en el momento que sólo se ve reforzada por lo que te digan los demás, ya no es «auto». Y en esto, como en lo otro, quien puede resolverlo desde que son unos niños muy pequeños son los padres. Si escurren el bulto y dejan el trabajo para otros profesionales que, por muy bien que lo intenten hacer, nunca lo harán con el cariño y el cuidado que pueden tener los propios progenitores, el fracaso de la educación de esos niños estará más que asegurado.
             Aunque a mí el problema no me toque de cerca, sí formo parte de esta sociedad en la que los adultos del mañana están recibiendo una infraeducación galopante, por lo que serán personas carentes de valores y con más trastornos de los habituales. Miedo me da...

             El Condotiero

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Susto o muerte

             Pues sí, parece ser que muchos se han llevado el gran susto de su vida una semana después de Halloween, y no precisamente por mediación de un payaso diabólico... ¿o sí?
             El caso es que las élites de la sociedad ven con malos ojos la elección de Trump por parte del pueblo norteamericano. De hecho, el mismo Ibex ha caído tres puntos nada más abrir sus puertas, con la noticia aún fresquita. Y es que parece que Hillary iba a cambiar el mundo a mejor, o al menos eso querían hacernos creer. Los «expertos» preguntados, todos, alucinan y se llevan las manos a la cabeza: ¿cómo ha sido posible tal despropósito? ¿Acaso el electorado norteamericano, quizá el más experimentado del planeta, no sabe lo que hace? ¿Qué ocurrirá a partir de ahora?
             Bien, son muchas preguntas y a lo que se deberían dedicar esos «expertos» es a analizarlas con profundidad y buen juicio, en lugar de decir tantas tontunas como estoy escuchando. En primer lugar habría que decir que realmente no estoy seguro de que sea un despropósito. Muchos electores han optado por el «ani-mal menor», parafraseando a Jack Aubrey en Master and Commander. Si te dan a elegir por apostar a quién ganaría en una carrera de cien metros lisos, tú querrías hacerlo por Usain Bolt, apuesta segura, pero si las opciones que te dan son entre el Cojo Manteca y una tortuga, las cosas cambian, ¿verdad? Pues eso mismo ha ocurrido en EEUU. No estoy del todo seguro que Hillary Clinton fuera mejor opción que Donald Trump, y no había otra posibilidad, por lo que era o la sartén o el cazo. De Trump han dicho de todo, pero me gusta en particular que sea proclive a sospechar de los informes gubernamentales sobre el 11-S, que estuviera en contra de la invasión de Irak, con todo lo que ello ha conllevado (inestabilidad general de la zona, aumento desmesurado del Islamismo, creación y consolidación del DAESH, etc), y que también haya criticado otras actuaciones hegemónicas del gobierno norteamericano. Por contra, la Hillary de la que todos hablan tan bien ha estado a favor de varias de las más sonadas cagadas exteriores de EEUU, como la ya mencionada invasión de Irak, la de Afganistán, el bombardeo de Serbia, el apoyo a la Primavera Árabe, etc... De hecho, si las figuras fuertes del republicanismo norteamericano han sido conocidas como los halcones, ella se ha ganado el sobrenombre del Halcón Demócrata, y por algo será.
             ¿Y por qué el electorado norteamericano, el más experimentado del planeta, ha cometido semejante error? Y digo que es el más experimentado porque, al fin y al cabo, es el que más años lleva eligiendo a sus representantes, no por otra cuestión. Habría que ver si el fallo del electorado es un error o no y para quien. Lo que los periodistas que se tiran de los pelos no llegan a comprender es que la población de la Civilización Occidental está muy cansada. No deberían, de ninguna manera, creer que los norteamericanos sean ahora populistas, o que los europeos sean neonazis, habida cuenta del ascenso de la ultraderecha europea, o que los españoles seamos trotskystas porque un partido como Podemos haya subido como la espuma en sólo un par de años. No, lo que los miembros de la cada vez más deprimida clase media occidental está cansada es de «más de lo mismo». La clase media es la que sufre los recortes; la que se ve abrumada por la presión fiscal, mientras los potentados, tanto políticos como empresariales meten su dinero en lugares como Panamá y Andorra; la que ve cómo sus impuestos son lapidados sin compasión sin que lleguen a revertirle de una forma ecuánime; la que ve cómo su capacidad adquisitiva va disminuyendo de forma gradual, mientras que proporcionalmente las grandes empresas y los grandes empresarios aumentan su poder económico sin freno alguno, puesto que los controles políticos que deberían equilibrar la balanza están rendidos a sus pies. ¿Qué quieren, pues, las fuerzas vivas de nuestra civilización, que también dominan la prensa? ¿Quieren que sigamos sin más votando a los mismos?, ¿para que sigan haciendo lo mismo? No, y deben dar gracias que no salimos a la calle reivindicando la era de las guillotinas. Hacemos lo que podemos, y es votar a alguien que quizá, y sólo quizá, no haga lo mismo que los anteriores. A ver si me comprenden, en principio entre Dios y el Diablo, prefiero a Dios, pero si éste me fustiga a cada minuto, probaré con el otro. Total, de perdidos al río.
             Pues esto tan sencillo parece ser que los «expertos» y demás analistas no son capaces de ver: el hastío de la baja clase media autóctona de los países occidentales.
              Terminando ahora con la última pregunta, ¿qué ocurrirá a partir de ahora? Pues desgraciadamente creo que nada. El sistema está tan bien montado, de forma que un loco no pueda hacerse con todas las riendas del poder de una nación, que su figura ha quedado casi en nada. Sería exagerar decir que Trump mandará menos que yo, pero... Recordemos todo lo que quería hacer Obama, que hasta recibió un Nobel de la Paz por sus intenciones, y que después de ocho años se ha quedado todo en aguas de borrajas. No, tranquilos, Trump no hará nada de nada, para bien o para mal, puesto que el sistema no se lo permitirá. Eso sí, le vendrá muy bien el carguito de cara a sus futuros negocios. Pero nada más.
             Resumiendo, que es gerundio y hay a los que les molesta, pues que los ricos pueden estar tranquilos porque seguirán siéndolo y los pobres continuaremos con nuestro enchabolamiento dirigido. Es lo que nos queda, puesto que peor sería que llegase un iluminado que cambiara las cosas, nos metiera en una guerra contra los enemigos de Occidente y acabáramos siendo carne de cañón, puesto que, no lo olvidemos, por mucho que en apariencia cambien las cosas, los ricos y sus hijos siempre se acaban librando de esos marrones, mientras que los demás somos los prescindibles de la población.

              El Condotiero